Este texto forma parte de la serie Crónicas de la (des)memoria urbana de Caracas, una propuesta del periodista Pedro García Otero para reencontrarnos con la ciudad.
Por: Pedro García Otero
Uno de los fenómenos más interesantes de los últimos años de Caracas es el boom que ha suscitado, en toda la zona de Bello Monte, la presencia de la Concha Acústica. No porque sea nueva (en realidad fue construida durante el perezjimenismo, es decir, hace ya 70 años) sino porque su rescate, sumado a una programación interesante, permanente e innovadora, ha mejorado la economía de toda la zona, convirtiéndola en la que es quizás la oferta gastronómica y de recreación más importante de la ciudad en este momento.
Por supuesto, si usted es un vecino de sus aledaños, tiene todo el derecho de leer hasta aquí y proferir el correspondiente insulto hacia mí o hacia mis difuntos, si lo prefiere. Nunca es fácil para los vecinos de un sitio público tener calma, y menos sí, como en Caracas, una ciudad pensada para los carros, jamás se pensó en hacer estacionamientos para ellos.
Sin embargo, debe decirse que esta gestión de la Alcaldía de Baruta, que ha hecho de la Concha Acústica su proyecto bandera de relaciones públicas, ha dispuesto, por eso mismo, que su policía esté pendiente de que nadie pare en las salidas de los estacionamientos de las casas vecinas del espacio, y que, además, quienes paran en la calle puedan hacerlo con tranquilidad de que no les van a hurtar nada de sus vehículos; y que además, el público que asiste, que suele ser considerado y respetuoso (y así suele ser en general la gente a la que le gusta la cultura) también pone de su parte para hacer lo más suave posible la convivencia.
Por mi parte, me declaro fanático de la Concha Acústica, de ir a sus conciertos, a sus obras de teatro, con sereno o con lluvia, como un buen plan de sábado, y después tomarme un par de cervezas y cenar (a veces) por la misma zona, que tiene una oferta variada y buena. Me parece que es lo que debe ser una ciudad en la que se puede hacer vida nocturna, tranquilamente, paseando entre sitios, al tiempo que se disfruta de una oferta cultural.
Sería bonito que ese mismo circuito se uniera con una Sabana Grande que, en buena medida, fue pensada para eso, y terminó siendo un repositorio interminable de zapaterías, fundamentalmente. Que la tuviera una oferta cultural, que en este caso podría ser en la propia calle (hombres estatua, grupos musicales, obras de teatro tipo happenings) mezclada con sitios sabrosos para comer, galerías de arte y cafeterías, aderezado, además, con el rescate de lo que representó como baluarte de la movida LGBT en Caracas en su momento (emulando un poco a la calle Castro de San Francisco).
Es un sueño que a hoy se antoja bastante loco, pero que no es imposible. Exige, eso sí, cooperación entre municipios en una ciudad en la que la falta de un ente rector ha convertido a la ciudad en cinco feudos mayormente inconexos; exige también, como es obvio, una mejora de la condición económica, porque el público de la concha sigue siendo, en términos numéricos, bastante pequeño; demanda, además, que Sabana Grande deje de estar al arbitrio del comercio y comience a tener un programa rector, como enorme espacio público que es; y finalmente, requiere criterio para todo esto, que no es poca cosa.
Pero sería bonito que el ejemplo de lo que se ha hecho con la Concha Acústica cunda, y que se le incorpore vida cultural a las zonas nocturnas, o viceversa. Lamentablemente, hoy la rica vida que tuvo, por ejemplo, el Teresa Carreño, también es cosa del pasado. Ahí hay otro espacio que con buena voluntad puede emular en el centro lo bueno que se ha hecho, en estos años, en Bello Monte, en una ciudad tan necesitada como Caracas de espacios para el esparcimiento, en especial el nocturno.