En los primeros años del siglo XX, ya la refrigeración mecánica revolucionaba industrias, pero su uso en los hogares se enfrentaba a serios problemas de seguridad por el uso de refrigerantes tóxicos, inflamables y explosivos, como el amoníaco y el clorometano.
Por: Yuly Castro
Las fugas de estos gases causaban intoxicaciones e incluso muertes, como una serie de fallecimientos ocurridos en Chicago en 1929, atribuidos a escapes de clorometano en sistemas de refrigeración, lo que llevó a su prohibición.
Frente a la creciente demanda, la industria de la refrigeración doméstica requería sistemas de seguridad confiables. Es en este contexto que el ingeniero mecánico Thomas Midgley Jr. recibió el encargo de encontrar un refrigerante no tóxico, no inflamable y económicamente viable, y lo encontró en los clorofluorocarbonos (CFC), comercialmente conocidos como gas Freón. Este señor además fue el inventor del tetraetilo de plomo, usado como aditivo para combustible en los motores de combustión. Pero esta historia la conoceremos en otra oportunidad.
El invento de Thomas Midgley resultó ser todo un éxito: el gas freón era estable, seguro para los humanos y fácil de licuar, ideal para usarlo en refrigeradores domésticos y, más tarde, en aires acondicionados. Lo que nadie pudo prever fue que estos gases podían ascender intactos hasta la estratosfera, donde la radiación solar los descomponía liberando átomos de cloro, ocasionando un verdadero desastre ambiental.
Cómo la curiosidad científica salvó la capa de ozono
En 1974, el primer mexicano que ganó un Premio Nobel de Química, Mario Molina, junto su colega, F. Sherwood Rowland, descubrió que los gases CFC (clorofluorocarbonos) eran los culpables de acabar con el ozono que protege al planeta de los rayos solares ultravioletas.
Por un proceso catalítico, una pequeña cantidad, como un átomo de cloro, puede destruir a decenas de miles de moléculas de ozono, porque destruye y luego se regenera en otra reacción y luego destruye otra más.
Lo que comenzó como curiosidad científica de Molina y Rowland sobre los CFC en la atmósfera, se convirtió en una advertencia: la emisión de un millón de toneladas anuales de CFC podría reducir el ozono entre un 7 y un 13%. Esto se confirmó en 1985 con el descubrimiento del agujero de ozono sobre la Antártida, donde las bajas temperaturas favorecieron la destrucción acelerada del ozono por el cloro.
El Protocolo de Montreal
La advertencia no cayó en saco roto: en 1987 se firmó el Protocolo de Montreal, un tratado ambiental con ratificación universal de 197 países. Estableció metas para eliminar gradualmente sustancias que dañan la capa de ozono, logrando más del 99% de reducción en la producción de CFC y otras sustancias controladas. Según Naciones Unidas, este acuerdo ha prevenido 2 millones de casos de cáncer de piel al año y ha evitado emisiones equivalentes a 135 mil millones de toneladas de CO2.
Afortunadamente, la capa de ozono muestra signos claros de recuperación. Las proyecciones indican que volverá a los niveles de 1980 aproximadamente en 2040 en gran parte del planeta, en 2045 en el Ártico y hacia 2066 en la Antártida.
Fuentes:
https://www.ecured.cu/index.php?title=Thomas_Midgley&oldid=3465178
https://www.ecured.cu/Clorofluorocarbonos
https://www.tcl.com/mx/es/blog/history-of-refrigerator-invention
https://www.un.org/es/climatechange/preserving-the-ozone-layer