La admirable resistencia de vivir en Parque Central

Publicado : 9 septiembre, 2026

Categoria : Cultura, Destacados

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Este texto forma parte de la serie Crónicas de la (des)memoria urbana de Caracas, una propuesta del periodista Pedro García Otero para reencontrarnos con la ciudad.

Por: Pedro García Otero

Debo confesar que me maravilla Parque Central. Por su distopía, por lo rompedor que es, porque en nuestras pesadillas siempre hay algo relacionado con esas 5 mil viviendas fuera de contexto en pleno centro de Caracas, tan altas, pero además, con dos rascacielos incrustados como torres de un castillo. 

Y digo “en nuestras pesadillas”, porque es un complejo pensado para una ciudad en la que nunca puede haber una emergencia, cuando se sabe que en la nuestra son cotidianas y hay pocos recursos para atenderlas: escaleras de bomberos y camiones cisternas, para empezar.

Cuando se disipó un poco el polvo y pude salir a caminar sin molestar los esfuerzos de rescate, luego de los terremotos simultáneos del 24 de junio, lo primero que hice fue bajar hasta la plaza de La Juventud (por cierto, tremendo regalo a la ciudad, aunque le falten árboles) y observar fijamente hacia Parque Central: Ni un rasguño.

En mis años de editor de la sección Caracas de El Universal (trece, para ser exactos), cubrimos, en extenso y en intenso, uno de los proyectos urbanísticos más rompedores y distópicos de la capital. Son 5 mil viviendas y dos torres de oficinas en apenas 10 hectáreas de terreno, que para más están rodeadas de San Agustín y sus casas de comienzos del siglo XX, para hacerlo aún más rompedor. 

Fue, prácticamente sin variaciones, lo que podría denominarse como una evaluación “crítica” del complejo, resaltando sus múltiples miserias y no viendo casi ninguna de sus ventajas, como su ubicación céntrica, su concentración de servicios en un complejo residencial-comercial y que fueron hechas pocos, poquísimos años después del terremoto de 1967. 

De hecho, la construcción de Parque Central empieza en 1970, y para 1972 (lo que ahora podríamos llamar “en tiempo récord”) ya había gente viviendo allí; la primera torre de oficinas (oeste) estaba lista en 1979, y el complejo completo, con su torre este, ya estaba concluido en 1983. 

No es poca cosa Parque Central. Tiene iglesia, tiene cine, tiene museo (el fantástico Museo de Arte Contemporáneo de Caracas). Si ahora luce distópico es porque en ese momento se desconocía algo que luego se estudió muy bien: en los grandes complejos habitacionales, lo público pasa a ser “lo de nadie”, algo que no sucede en los edificios pequeños, en los que se forjan otras relaciones de cercanía entre sus habitantes. 

Lo cierto es que “Parque Central” y “terremoto” son dos palabras que, combinadas, me generaban terror. Porque por ese mismo abandono del espacio público, el complejo se fue llenando de rejas innecesarias, de espacios que pudieron haberlo convertido en una trampajaula mortal, si le sumamos la crónica deficiencia de equipamiento de nuestros grupos de rescate. 

Verlas tan firmes, con tan pocos daños tanto de superficie como dentro del complejo (algo que me ratificaron varios vecinos que son amigos) en medio del caos generalizado que era la Caracas del post terremoto es algo que uno sólo puede agradecer, como caraqueño y como venezolano en general, en medio de tanta desgracia.

A veces, cosas de las que nos hemos burlado mucho terminan siendo ejemplos.

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