Este texto forma parte de la serie Crónicas de la (des)memoria urbana de Caracas, una propuesta del periodista Pedro García Otero para reencontrarnos con la ciudad.
Por: Pedro García Otero
No hace tanto se armó un debate interesante entre los apasionados de Caracas en las redes sociales: ¿Es Caracas una ciudad más brutalista o más modernista? Siendo una hija dilecta del siglo XX, especialmente, de su segunda mitad, está claro de que Caracas es una ciudad hecha a base de modernismo y brutalismo.
La frontera entre ambos estilos arquitectónicos, sin embargo, no está clara, y entre ambos hubo vasos comunicantes. El arte no conoce de fronteras, y es difícil saber dónde termina el neoclasicismo, por ejemplo, y empieza el modernismo (Caracas también tiene mucho de neoclásico, basta, por ejemplo, pasear por la avenida Victoria para ver muy buenos ejemplos); es más difícil incluso saber dónde termina el modernismo y empieza el brutalismo.
Todos los estilos mencionados, por supuesto, destacan la funcionalidad sobre la forma. Están pensados, sobre todo, para ser prácticos: es la influencia enorme y duradera (tanto que hasta hoy continúa) que tuvo la Bauhaus sobre la arquitectura y el diseño en general, la mentalidad alemana aplicada al diseño industrial.
Quien esto escribe llegó a recibir insultos por decir que la Universidad Central de Venezuela era modernista, no brutalista. Villanueva, el arquitecto más importante que ha tenido nuestro país por la magnitud de su obra, es un conocido representante de la escuela modernista. Y sin embargo, en la Casa que Vence las Sombras hay espacios más brutalistas, como su Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, y espacios más modernistas. La diferencia entre el brutalismo y el modernismo (y esta, como todas las simplificaciones, es atrevida e ignorante) está entre la recta y la curva.
Y el Aula Magna (para mí, el espacio más conmovedor y representativo de la Venezuela posible) es, sin duda, una de las obras maestras del modernismo, y por supuesto, la más importante de Villanueva, que en El Silencio, sin embargo, optó por un neoclasicismo que también es referencia de la ciudad, pero por supuesto, eso fue antes.
El brutalismo terminó haciendo a Caracas por dos razones fundamentales: Venezuela compensaba, en su siglo XX, y gracias a su renta petrolera, un largo atraso en sus procesos de desarrollo, y el brutalismo era barato, eficiente y rápido; y brutalismo y modernismo representaban, además, el espíritu de los tiempos. El brutalismo hizo a Caracas, pero lo más bonito de Caracas (incluyendo los hoteles Humboldt y Ávila, el Club Táchira o el centro comercial Chacaíto, entre otros) son modernistas y entre ambos componen, en forma casi excluyente, el paisaje urbano.
En la vivienda es donde el brutalismo está expresado con mayor fuerza en Caracas, no sólo en los sistemas urbanos conocidos como súperbloques, que son una forma extrema del estilo, así como todos los proyectos masivos de vivienda construidos mayoritariamente en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado; muchas de las quintas más bonitas y conocidas de Caracas, algunas con premios de arquitectura, son también brutalistas.
Aunque no está en Caracas, sino en Puerto La Cruz, el “árbol para vivir”, de Fruto Vivas, hecho contenedores, es un ejemplo magno de la arquitectura brutalista, que tiene una correspondencia en nuestra ciudad con la recientemente construida urbanización Santa Rosa, en la avenida Libertador, donde Vivas desarrolla el concepto de vivienda baja, con espacio público y comercial, un desarrollo casi único en las últimas décadas debido, justamente, a estos criterios.
Caracas es un fascinante museo abierto de arquitectura, especialmente para las tendencias del siglo XX. Recuperando el respeto hacia nuestra arquitectura (respeto tan ausente en nuestro pasado), con conciencia de su conservación, podemos dejar a los venezolanos del futuro este museo, que muchos querrán visitar y conocer.