Este texto forma parte de la serie Crónicas de la (des)memoria urbana de Caracas, una propuesta del periodista Pedro García Otero para reencontrarnos con la ciudad.
Por: Pedro García Otero
Acabo de darme cuenta de que tras 23 artículos publicados en esta serie, no he hablado ni una vez (bueno, sí, pero no directamente) de lo más bello que tiene nuestra ciudad. ¿Qué es lo más bello que tiene Caracas? De cada cien caraqueños, al menos 90 te dirán que el Ávila, por supuesto, y los otros 10 estarán, con toda seguridad, equivocados, porque nada se le compara.
El Ávila es mucho más que una montaña: es nuestro marco de referencia, la corona que engalana a esta ciudad. Basta pasar la Cota Mil para entrar en otro universo, uno en el que la naturaleza te arropa de una manera incomprensible si vienes de ese loquero llamado Caracas, uno de paz, uno de cantar de pajaritos y olor a selva.
Tendría unos 10 u 11 años cuando fui por primera vez. Y desde entonces, quisiera volver a ella (a esa vez), porque nunca pude volver a ver al Ávila con esa inocencia y esa sorpresa, al aroma de ese aire, al hecho de que si volteaba veía la ciudad y su nube de humo, como el pulmón de un fumador, a cierta altura… el ruido amortiguado y la sensación de que ahí, estaba a millones de kilómetros de eso, habiendo caminado unos pocos pasos.
Tantos años han pasado, y cuando lo revivo, me parece ayer. Y también me parece ayer cuando iba para el liceo en las camioneticas de Petare-Carmelitas, bien temprano, y comenzaba a sonar en la radio “Canto al Ávila”, de Ilan Chester, que en ese año bicentenario del Libertador se oía a todas horas, y mis ojos buscaban el norte y la luz de otro hermoso amanecer de mis 15 años.
Y la vejez, que ya me está alcanzando, llegó sin que, en todo ese tiempo, y lamentablemente, me aventurase a ver el amanecer desde el Pico Naiguatá, que debe ser la visión más hermosa que puede vivir un caraqueño amante del Ávila, o llegar al Pico Oriental.
Me he envuelto mucho, eso sí, en experiencias menos demandantes físicamente, y así, Sabas Nieves, Loma del Viento, la Quebrada de Chacaíto, el parque Los Chorros, son, por supuesto, parte del camino de mi vida. Por no decir que elegí mi casa lo más cerca de esa montaña que pude, para que me pegara su brisa, y para que su observación fuera mi consuelo. Mirándola, he sentido los más profundos sentimientos de amor que se pueden tener hacia un terruño.
Siempre me hace gracia como los caraqueños usamos los términos “subir” y “bajar” en relación con ella. Más allá de su ubicación geográfica, que nos marca el norte, los caraqueños la asociamos con lo alto, y así, “subir” casi siempre es en referencia con ella, al menos si estamos en el Valle desde el cual se aprecia.
Siempre he pensado, además, que su estampa, ya sea vista desde el Club Táchira, el Valle Arriba o el mirador de La Alameda, debería ser patrimonio nacional. Y hasta en San Antonio de Los Altos hay varios sitios desde los que se ve el hermosísimo valle y la mucho más hermosa aún montaña en su plenitud, y que deberían ser objeto de promoción turística.
Total que con esta enardecida declaración de amor hacia el Ávila me declaro caraqueño, y comparto un último recuerdo: Me tocó, como nos tocó a muchos y le tocará a muchos más, enterrar a mi madre, en una mañana nublada.
Al fondo, el valle y la montaña. Y en medio del dolor de perderla, y parece una tontería, hallé, mirando hacia el Ávila, el consuelo de que ella, finalmente, se fundiría para siempre con esta tierra a la que tanto amó, viniendo de tan lejos, porque en Caracas, como siempre decía, no pasaba frío. Fundida con ese verde y esos árboles que (ojalá) seguirán allí para siempre, hecha tierra, esta tierra. Como yo, espero, algún día no tan lejano, porque la vida es un ratico.