De los Emtsa a los acordeones, y de allí al Metro, el drama del transporte (XVI)

Este texto forma parte de la serie Crónicas de la (des)memoria urbana de Caracas, una propuesta del periodista Pedro García Otero para reencontrarnos con la ciudad.

Por: Pedro García Otero

Al contar estas cosas uno se siente como Oscar Yanes, pero sí, soy lo suficientemente viejo como para recordar los Emtsa y el San Ruperto. Emtsa significaba “Empresa Metropolitana de Transporte S.A.”, y sus autobuses eran Mercedes Benz. Cuando pasaba el Emtsa, yo le pedía a mi mamá que nos fuéramos en él, pero ella, con base, me decía “son muy caros, esperamos los otros”. Y es verdad: un pasaje en un autobús normal costaba 0,25, pero el Emtsa cobraba el doble, la astronómica (para los tiempos, y no miento), cifra de 0,50: conviene recordar que un kilo de carne costaba 1,50. Sus choferes usaban corbata, y sólo se viajaba sentado.

El San Ruperto era otra cosa, era cosa seria, el maratonista de nuestros autobuses. Salía de Puerta de Caracas, pasaba por las Torres de El Silencio, agarraba la avenida Lecuna, el Paseo Colón (creo recordar), y de ahí la principal de Las Mercedes y toda la Río de Janeiro hasta llegar a El Llanito. Lo más parecido a un autobús circunvalar que se recuerde en Caracas, y lugar donde pasé un horrible despecho adolescente un primero de enero, dando una vuelta a toda la ciudad en un autobús semivacío a las 3 de la tarde, si tienen a bien creerme. 

Los caraqueños tenemos una relación personal, de amor-odio (más de odio que de amor, en realidad) con nuestro transporte público, tan pueblerino y desajustado para una ciudad que aspira ser grande. Las mejores ciudades del mundo son esas en las que el carro es un estorbo, pero la nuestra, lamentablemente, es todo lo contrario.

Sin embargo, este valle de los Toromaimas también se puede contar, en su historia contemporánea, a partir de sus autobuses: De aquellos Emtsa de mi infancia se pasó poco después a los húngaros Ikarus, cuyo modelo innovador (los llamábamos “los acordeones”) fue tan modernista como efímero, si se les comparaba con los Mercedes Benz de la línea Los Magallanes-Chacaíto, algunos de los cuales siguen en circulación, como viejos dinosaurios de un mundo que cambió, y ahora los llaman “recoge locos”.

Y en todo tiempo, con Metro (que también llegó poco después, todo esto pasó en mis primeros 16 años), o sin metro, la gente continuaba desplazándose en los anárquicos carritos por puesto. Yo, como en los pueblos, también, llegué a montarme en los que eran literalmente carros; luego fueron camionetas tipo van, incomodísimas y acaloradísimas, en las que costaba una fortuna sentarse y otra levantarse; finalmente, en las autóctonas y aparentemente indestructibles (esa es su fama) Encavas de hoy, que forman en sí mismas una subcultura: busquen, y dense gusto, “Salsa Encava” en Youtube, o simplemente paseen por sus coloridas y celebradas rotulaciones del vidrio posterior para que sepan qué es ser caraqueño.

Lamentablemente, el transporte público caraqueño siempre ha sido como la propia ciudad, un caos, salvo en los breves años en los que se habló de la “cultura Metro”, que, en el Metrobús, tuvo su correspondencia con lo que se intentó fuera un sistema de transporte, con rutas y horarios. La experiencia del BusCaracas, que sólo se aplicó entre norte y sur de la ciudad, ha terminado siendo parte de ese caos. 

Quizás, algún día nuestra ciudad tenga un sistema de transporte centrado en el ciudadano, que contemple sus necesidades, y que permita que sus habitantes pasen de eso a ciudadanos, al menos en lo que a la movilidad refiere. 

Porque el transporte ha sido, desde mis tiempos de niño, una de las grandes deudas de la ciudad con sus residentes. En la mayoría de las grandes ciudades del mundo, la autoridad de transporte es casi tan importante como el alcalde. Y aquí debería ser lo mismo. 

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