Ezequiel David Isaza Bencomo es un tesista de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes. Ganó el décimo Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas con el poema Guasina. Lo escribió después de leer Oír a Darío del poeta Darío Lancini. Su gusto por la lectura fue influenciado por su madre, profesora de filosofía, lo que lo llevó a leer libros como Ética para Nicómaco de Aristóteles a los siete años de edad. Conoce más sobre Ezequiel en esta entrevista.
Por Carmen Victoria Inojosa
Fotografía: Reinaldo Mata
Ezequiel Isaza es un joven poeta que escribe en su celular. Su poema Guasina, ganador del 10° Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, lo escribió tecleando una pantalla táctil. Pero Ezequiel está alejado de la tecnología, aunque pueda ser paradójico en un joven de 21 años de edad. La inteligencia artificial la descubrió hace unos meses, en una de sus clases de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes. No tiene redes sociales, las eliminó siendo un adolescente. De las cosas, dice, se entera porque sus amigos le envían capturas de pantallas. Por ejemplo, supo que ganó el concurso a través de una llamada telefónica.
Prefiere escribir y leer que el scroll infinito de las redes sociales. A esta entrevista llegó disculpándose porque en ocasiones olvida responder los mensajes, se desconecta mientras escribe. Su gusto por la lectura viene de la niñez, influenciado por su mamá cuando a sus siete años le regaló el libro Ética a Nicómaco de Aristóteles. Nunca leyó El Principito, recuerda con gracia.
Ezequiel nació en El Limón, a unos 12 minutos de Maracay. Su infancia fue “bastante común”, aunque se sentía “raro” por su interés por la literatura: “Eso lo acompleja a uno cuando uno está más pequeño porque, en esos casos, uno siempre busca cierta aprobación colectiva”. A sus 17 años se fue a Mérida a estudiar letras en la Universidad de Los Andes. Hoy es tesista y se siente igual: “Todos los que estudiamos letras somos raros”.
El Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas es el primer premio de Ezequiel. Lo había intentado unas tres veces, “algo inalcanzable”, piensa. Pero Ezequiel se ha preparado como joven poeta, cita con comodidad a los venezolanos Caupolicán Ovalles, Juan Calzadilla, Darío Lancini. Y sigue con otros: Gonzalo Arango, Miguel Hernández, John Keats, T.S. Eliot, Ezra Pound. “No puedo pasar un día sin leer o pensar en César Vallejo (…) Igor Barreto y Luis Moreno Villamediana creo son fundamentales para quien quiera leer poesía venezolana actual”, asegura.
¿Qué hace un joven de 21 años con su premio?
—Yo creo que el concurso Rafael Cadenas ha significado para la generación de esta década algo inigualable. En la Escuela de Letras de la ULA el premio tiene prestigio entre los estudiantes. Todos los que empiezan a escribir quieren participar porque es el concurso de poesía joven más relevante en Venezuela, tal vez el de poesía en general. Desde que entré a la carrera, por ejemplo, empecé a mandar al concurso y era algo, hasta ahora, inalcanzable.
¿En qué piensas ahora que el premio dice Ezequiel?
—Es algo un poquito problemático porque, en primer lugar, yo soy de los que cree que no hay que escribir para ganar. Uno tiene que escribir aunque sea desde el anonimato, porque escribir es una cuestión confidencial. Escribir es algo íntimo, una necesidad. Por un lado queremos pensar que lo que hacemos es algo profundamente íntimo, pero también valoramos el reconocimiento. Pero yo escribo porque escribo y seguiré escribiendo aunque no hubiese ganado el concurso.
¿Quién te contó la historia de Guasina? ¿Cómo la descubres?
—La primera mención fue un ensayo o una crónica de Jesús Sanoja Hernández. Después de leer Oír a Darío, obviamente me interesé por su biografía. Darío al ser una persona tan enigmática, vi que estuvo en Guasina, eso me interesó más. Al tiempo descubrí el Manifiesto Guasina de José Vicente Abreu y obviamente para todos los escritores de esa generación y de otros grupos como “El techo”, por ejemplo, lo que significó algo como Guasina. No solamente Guasina, sino Guasina como metáfora de la represión en el gobierno de Marcos Pérez Jiménez.
Escribes “No estas loco, Darío”. Quiero que me cuentes más sobre Darío y esa posibilidad de traerlo de vuelta en 2025 y ponerlo en poema.
—Creo que con el verso de “No estás loco, Darío” sucedía que en esa se estaba instaurando una normalidad, una normalidad que es impuesta y es la que se debe aceptar. Todo lo que se escape de eso es locura o es algo que está mal. Y el mismo acto de escribir palíndromos es también un acto extraño. Creo que todos los autores, independientemente de cuál sea, se pueden leer desde la actualidad.
Hay una canción de Colibrí sobre Guasina. Está la canción “Escríbeme” de Guillermo Castillo Bustamante, quien estuvo en Guasina. Ahora tú lo haces en un poema. ¿Los temas políticos, sociales y de derechos humanos son de tu interés para explorar a través de la poesía?
—Creo que mi interés es histórico. Cuando nos interesa la historia acudimos directamente a algo que ha marcado a una generación o a distintas generaciones. A mí me obsesiona mucho esta generación neovanguardista, me obsesionan los nadaístas. Sucede con las neovanguardias latinoamericanas que la cuestión social es parte de su núcleo existencial. Nosotros no podemos comprender el nadaísmo sin comprender toda la violencia histórica de Colombia. De la misma forma, no podemos comprender las neovanguardias venezolanas sin comprender todo lo que está atravesando eso. Mi interés va más relacionado con eso, con la tradición literaria, nuestra historia, lo que somos.
Ezequiel, ¿qué tomas de los autores que se han convertido en tus referentes? ¿De qué te has apropiado?
—Me gusta la palabra apropiar. Escribir también es apropiar y reescribir, es tomar algo y re significarlo. Por lo menos Trilce de Cesar Vallejo, en un momento de desgaste modernista pasa de escribir Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.
—A escribir Quién hace tanta bulla, y ni deja testar las islas que van quedando. Un poco más de consideración en cuanto será tarde, temprano. Hay un uso verbal radicalmente distinto, hay una ruptura. Yo creo que tenemos que prestar muchísima atención a esa ruptura, tenemos que estudiarlas y aprender de ellas. Nosotros también tenemos que ser una generación de ruptura. Romper es también vincularnos. Hay algo que yo critico y es que somos una generación heredera de la generación de ruptura, entonces queremos romper con todo, queremos hacer parricidio cultural. Yo creo que más bien tenemos que acercarnos más a la tradición y romper con algunas cosas, quebrar algunas cosas de raíz, pero primero hay que volver.
¿Qué consideras que se pueda hacer desde las letras para vivir de la poesía y que forme parte de ese pensamiento de las rupturas?
—Es complicado, porque habría que cambiar el sistema. Los escritores terminamos dependiendo del financiamiento de las instituciones. Más que vivir de la poesía económicamente, vivimos en la poesía esencialmente, es un compromiso existencial. Obviamente, iniciativas como este concurso son fundamentales. Todo eso va generando un efecto de inversión, es algo que va desarrollando un campo cultural más arraigado a los jóvenes cuando tienen libros accesibles, se va a escribir más y se va a leer más.
¿Crees que ha cambiado la forma de escribir poesía con respecto a generaciones anteriores? ¿Tu proceso creativo está vinculado o tiene alguna influencia con estos temas tecnológicos o más bien propios de tu generación?
—Yo creo que no soy la persona más idónea porque no tengo una vinculación directa con todas estas nuevas tecnologías. Yo no tengo redes sociales desde hace seis años. Decidí borrarlo todo y dedicarme a leer. Yo descubro las novedades dos o tres años después. La inteligencia artificial la descubrí hace seis meses, tal vez.
¿Cómo fue? ¿Cómo te diste cuenta? ¿Qué viste?
—Primordialmente en las clases. Los profesores empiezan a hablar de eso. Uno empieza a darse cuenta que hay gente que utiliza la inteligencia artificial. Es toda esta cuestión que es digna de pensar porque genera un modelo en el cual ya nadie necesita saber nada, solamente necesita replicar y ya. No creo que haya que demonizar la inteligencia artificial. El problema no es el descubrimiento, el problema es cómo se usa.
¿Cómo te enteras del veredicto del Concurso Cadenas? Se anunció en redes sociales.
—Porque me llamaron. Normalmente me entero de esas cosas porque alguien me dice, me manda una captura de pantalla.
¿Y cómo descubres la poesía? Vienes de una familia de poetas, de lectores…
—De poetas no. No creo que la literatura sea el núcleo fundamental en mi familia, tal vez la filosofía. Mi mamá dio clases de filosofía del derecho, por eso agarré gusto por la lectura. El primer libro que me regalaron cuando yo tenía siete años fue Ética a Nicómaco de Aristóteles. Ahora lo veo bastante gracioso. Nunca leí El Principito, siempre fueron cosas muy duras. Y creo que eso modificó por completo mi forma de ver el mundo y de relacionarme con la literatura. Terminé llegando a la literatura a los 15 años, cuando decidí borrar mis redes y dedicarme a escribir. Todavía no sabía a qué me iba a dedicar académicamente.
¿Y qué influencia tiene Mérida en tu escritura?
—Escribiría algo totalmente distinto si me hubiese venido a Caracas. En Mérida entré a un mundo totalmente distinto. Entré a la universidad con ciertas personas, cierto círculo de intelectuales y ahí es donde uno se inserta. Eso es lo que lo va definiendo a uno, sobre todo, a esa edad que es como una segunda crianza. Yo creo que está la primera crianza, cuando a uno lo crían en la casa, y ya después uno encuentra esos círculos y en mi caso fue en Mérida.
Qué raro que no hiciste el camino a Caracas, por ejemplo.
—Lo que pasa es que siempre me ilusionó Mérida. A Caracas la conozco, he estado aquí bastante. Mérida era algo más atractivo. También creo que para estudiar es necesario cierto distanciamiento. Porque cortamos de raíz muchas cosas. Es llegar a un sitio nuevo, aprender cosas nuevas. Eso en la etapa universitaria es fundamental.
¿Qué posibilidades te ha dado la poesía que quizás no la encuentres en otros géneros? ¿O cómo sabes cuando escribes que será poesía, narrativa o ensayo?
—Yo creo que son como las necesidades. Creo que con la narrativa hay una narración completa que se viene a la mente. Después eso va cambiando; pero hay una idea, algo que se quiere narrar. La poesía no solo es narrar. La poesía es el género tal vez más exigente. Y es una necesidad profundamente vital, indescriptible. A mi no me gusta responder ¿qué es la poesía? Como académico puedo dar una respuesta, pero como escritor no. Me pasa como con San Agustín que dijo: “Cuando más nadie me pregunta lo que es el tiempo, sé lo que es, pero cuando alguien me lo pregunta y quiero responderle, no sé”. Es lo mismo con la poesía.
¿Cómo fue tu infancia y tu niñez en Maracay?
—Bastante común. O sea, tenía mis intereses particulares, raros.
¿Qué consideras raro?
—Yo creo que la literatura es rara. Actualmente, que a uno le interese la literatura es raro. Eso lo acompleja a uno cuando uno está más pequeño porque en esos casos uno siempre busca cierta aprobación colectiva. Me fue muy mal en el colegio.
¿Cómo estudiante o personal?
—Como estudiante. Personalmente me fue bien. También es una cuestión de máscaras. O sea, tal vez eso que yo fui no era yo realmente. Yo llegaba cansado a leer. Me fue mal académicamente, no encajé académicamente.
Cuando dices mal académicamente, ¿te refieres a 10 ó 01?
—Sí, 9,5 es nota y lo demás es lujo. Ahora que lo veo no entiendo porqué me iba tan mal.
¿Eso es algo que te perturbe en este momento?
—No, para nada. Yo escribo desde que estoy en el colegio, desde que era muy pequeño. Una vez escribí 15 páginas en una tarea y eso fue un escándalo. Llamaron a mis representantes porque había cosas violentas. Creo que hay un sistema que lo que hace es cortarnos a todos con la misma tijera. Si haces algo distinto, si tienes intereses artísticos, no sirve.
¿Y hoy sientes que todavía eres una rareza?
—Pues si, no en un sentido soberbio, todos los que estudiamos letras somos raros; todos los que leemos somos raros. Somos minoría. Todos los que escribimos aún más. Y peor aún, los que decidimos dedicarnos a esto vitalmente, somos mucho más raros. Entonces sí, en ese sentido sí.
¿Y cómo escribiste Guasina? ¿Por partes? ¿De un tirón?
—Yo tengo un método de escritura y es que a veces escribo de un tirón pero lo corrijo durante mucho tiempo. Guasina está dividido en tres partes, no tenía pensado dividirlo. Tenía otras cosas que borré. Lo escribí después de leer compulsivamente Oír a Darío de Darío Lancini, que es el libro de palíndromos. Después duré unos dos meses acudiendo al poema y cambiándolo, reescribiendo, borrando.
¿Qué expectativas tenías cuando lo enviaste? ¿Pensabas que podías ganar?
—A mí me gustó mucho el poema. Yo estaba contento porque independientemente de eso, yo escribo porque me gusta escribir. Nunca he escrito para un concurso. Siempre envío algo que tiene algunos meses de trabajo. Tenía expectativas, pues lo consideré un muy buen poema cuando lo envié. Y dije, “pues sí, puede ser”. Pero también podía ser que no quedara.
¿Y eres de los que envía a las 11:59 p.m.?
—No, ese creo que lo envié un día antes. Y menos mal, porque tuve un problema con una errata cuando lo pasé a Word. Yo escribo en otros medios y después lo paso a Word.
¿En qué escribes?
—Escribo en el celular y después lo paso a Word.
¿Escribes durante la rutina o apartado?
—Siempre me aparto. Yo creo que es cuando surge esa necesidad, así como cuando uno se va a la nevera a tomar agua porque le da sed. Hay algo que decía Borges: “Solamente hay que escribir cuando se sienta la necesidad íntima de escribir”. Dejo de lado todo lo que estoy haciendo: olvido muchas veces responder mensajes, hacer cosas que tengo que hacer, paso todo el día escribiendo.
Me parece curioso que me habías dicho que estabas un poco apartado de la tecnología, pero eres un joven poeta que escribe en el celular.
—No, es que estoy apartado de las novedades. Mi generación nació con un celular. Para mí es una herramienta de escritura porque además no soy fan de escribir a mano. Me gusta escribir a mano para ciertas cosas. Tengo por lo menos una libreta donde anoto todas las ideas que se me ocurren. Entonces, ahí anoto dos o tres versos cuando estoy en la calle. Pero ya propiamente escribir poesía lo hago en el celular.
O sea, que se teléfono se te pierde…
—No, lo tengo todo respaldado. Pero no estaría mal que se perdiera. Yo creo que me caería bien que se pierda todo.
El Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas es el reconocimiento más importante en poesía para los jóvenes creadores en Venezuela. Es una iniciativa que comenzó en 2016 con Team Poetero y Autores Venezolanos; en 2018 se unió la Fundación La Poeteca y en 2019 Banesco Banco Universal. A lo largo de sus ediciones, ha recibido más de 2.800 textos y premiado y publicado 238 de ellos en antologías que son un referente de la poesía contemporánea del país.