La entrevista a Aaron Sosa, “Toda fotografía es un documento visual”, escrita por Leopoldo Plaz, forma parte del libro Nuevo país de la fotografía de la colección Los Rostros del Futuro de la Biblioteca Digital Banesco. El título está disponible para su descarga gratuita en Banesco.com.
Nació en La Pastora, en 1980. Es fotógrafo y maestro de fotografía. Fue estudiante y profesor en la Escuela Cristóbal Rojas. Autor de los libros Venezuela cotidiana e In-xilios. Ganador del Primer Premio del Salón Nacional de Artes Visuales Juan Lovera y de premios de la Fundación Mapfre (España), del Goethe Institut, del Instituto Nacional de la Juventud y del Salón de Fotografía de Seguros Catatumbo. Reside en Montevideo, donde hace y enseña fotografía: aquello que lo ayudó a entender mejor la vida.
A mí me crió mi abuela paterna, en La Pastora, donde nací. Mi papá y mi mamá eran de ahí, aunque de diferentes lugares. Lo de ellos fue solo un noviazgo, no llegaron a hacer familia juntos, como quien dice, y además eran muy muchachos.
Los valores que recibí fueron de mi abuela, que venía de criar a ocho muchachos, sus ocho hijos… Mi papá era el mayor. Ella me crió y siento que le debo muchísimo a ella. De hecho, yo digo que ella es mi mamá y la llamo «mamá». Mi papá estaba siempre pendiente y cuando iba a la casa me llevaba algo: un juego de creyones, una acuarela, música… Para que desarrollara la vena artística, porque a mí desde pequeño me gustaban las artes: el dibujo, la pintura y todo aquello. Procuró motivar ese lado en mí y se lo agradezco mucho.
Amistades al límite
Tuve muchos amigos, aunque yo era el «sometido de la cuadra»: que si no vas a estar saliendo, si sales es hasta tal hora. Ciertamente, hoy por hoy se lo agradezco a mi abuela. Yo me crié en la que se llama Castillito a Termópilas, en la parte baja de La Pastora, cerca de Lídice. Esa zona no era fácil, por ejemplo había tiroteos de noche. Ahora de grande supongo yo que ese era uno de los temores de ella, que no se le fuera a descarrilar el muchacho. Mis amigos terminaron por el mal camino, asesinados antes de los veinte años. Grandes amigos del liceo, de pronto se perdían, no los veíamos más, luego los veía en actitud rara, habían caído en drogas y otras cosas, después me enteraba de que los habían matado. Siempre estuve en ese mundo pero manteniéndolo distante.
Academia, mundo y hogar
En la Escuela de Artes pasaba más tiempo metido que en mi casa que con la gente de mi barrio. Ese era mi mundo. Empecé estudiando diseño y allí podía hablar de cerca con los grandes maestros que me estaban enseñando: Víctor Hugo Irazábal, Hugo Mariño, Zacarías García… Puros pintores, escultores, ceramistas, diseñadores… Mi mundo era ese, el mundo donde empecé a enamorarme y a decirme: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo siempre he buscado y aquí yo quiero quedarme». Al comienzo mi objetivo en esa escuela era hacerme diseñador, porque mi papá era diseñador. Resulta que en la carrera de diseño tenías que ver como cuatro horas semanales de fotografía. Cuando me meto en laboratorio (porque me formé en la respectiva parte química) a revelar el primer rollo, a copiar la primera foto y veo que aparece aquello en el revelador, yo dije: «Nada, esto es lo que yo quiero». Entonces me gradué de diseñador pero nunca lo ejercí. Yo aprendí del diseño toda la parte artesanal, lo manual, los rapidographs, la emblemática…
No había obras de arte en la casa, las cosas que mi papá me llevaba para crear me motivaban. Me gustaba crear, eso sí, y tenía mi carpeta de dibujos. Sobre estudiar arte, mi abuela decía que me iba a morir de hambre. Luego vieron que me enserié, que me hice fotógrafo y que andaba con mi herramienta de expresión, que es mi cámara, como los pinceles para el pintor. Sin embargo, lo que más importa no es la cámara. Yo sé que lo que quería hacer lo habría hecho con otros recursos si no hubiera conocido la fotografía, pero fue lo que conseguí, con lo que me sentí más cómodo después de pasearme por diferentes áreas, como collage, grabado, algo de pintura y más de artes gráficas. Me dejé llevar, hice de todo… Pero me daban a entender en la escuela que no podía hacer de todo al mismo tiempo… Y me quedé con la fotografía.
Madre y padre en mi hogar fue mi abuela. Y al hombre que de pequeño más admiraba yo era Antonio José de Sucre (más que a Bolívar), por lo que logró y porque empezó de muchacho. La mujer que más admiro es mi abuela, una mujer que se quedó sola porque mi abuelo se fue y ella crio ocho muchachos sola, y después decidió criar un nieto. No era de esas abuelas consentidoras, era una mujer cansada pero muy dura y muy recta a la hora de criarme.
Crecimiento
Estudié primaria en un colegio público de la Calle Real de Lídice, era un sitio un poco conflictivo. Mis materias favoritas eran las de dibujo técnico y educación artística en el liceo. Mi inclinación era hacia las manualidades, a hacer cosas, a pintar… Recuerdo que en el colegio me mandaron a restaurar una máscara de los Diablos de Yare y con un tío que sabía de cosas así (pintaba casas, ponía papel tapiz…) me puse y me enseñó a hacer un engrudo con papel periódico y la pega de papel tapiz para llenar las máscaras y hacer que se endurecieran. Pinté la máscara y quedó tan bien que me pidieron que hiciera máscaras para recuerdos. Y las hice y también restauré más. Quedaban lindas. Yo tenía entonces como once años y estaba saliendo de primaria. Luego pasé al Liceo Perú de Lacroix y por lo peligroso duré dos años (repitiendo, pues no aprobé) y mi tío, el que me ayudaba, me cambió a uno pago (y modesto): el Liceo Independencia, en Santa Rosalía. Allí sí hice buenos amigos, con algunos aún mantengo contacto, y era gente de diferentes zonas: El Valle, Coche, el Centro… A mi tío lo ayudaba también, en ratos libres, en sus trabajos de pintura (yo lijaba, pintaba y demás).
Allí en el Independencia cursé segundo y tercero, que fue cuando la profesora de dibujo técnico, un día, me dijo: «Aaron, tú tienes destrezas para las artes, ¿por qué no te metes en la Escuela de Artes?». Se refería a la Cristóbal Rojas. Una compañera de clase, que también era buena en dibujo técnico, estaba pendiente de estudiar en la Cristóbal Rojas como yo, y consiguió la lista de requisitos y la compartió conmigo y me insistió. Les hice caso a ella y a la profesora y me inscribí, apoyado por mi tío, que también me ayudó a comprar los materiales del inicio de la carrera, que eran costosos.
Allí empecé a estudiar entonces, de mañana, las materias de bachillerato (Humanidades), y en la tarde, las del técnico medio en Artes Visuales, mención Artes Gráficas. Mi intención era hacer diseño. Además todo era muy manual: el collage, la tinta china, el rapidograph, las letras transferibles… Y yo encantado con las materias. Con matemáticas, los profesores eran comprensivos y no esperaban que uno fuera un matemático, solo que uno presentase las cosas. Pero en las materias de arte sí que era riguroso y muy cumplido. Sacarle buenos promedios a los maestros de diseño era muy difícil y fui de los que tuvo diecinueve y veinte, hasta con Víctor Hugo Irazábal. Y en fotografía ni hablar. Yo llegué a graduarme con promedio de veinte (nadie más lo había tenido). Es que me encantaba: si me pedían una serie de fotos, yo llevaba dos series. Me encantaba estar produciendo, haciendo cosas, aprendiendo, pues.
Maestros y amigos
Ya en segundo año de la carrera, todavía era la de Diseño, conocí y me hice amigo de uno de mis profesores de fotografía: Yemar Galué. Yo tenía veinte años y mi pareja salió embarazada, entonces me tocaba dejar de estudiar para dedicarme a trabajar. Hablé con Yemar, le conté la situación y él se identificó mucho porque le había pasado algo muy parecido y casi a la misma edad. Por eso me hizo la propuesta de ser su asistente, y porque ya había visto cómo yo era con mis estudios. La carrera de Fotografía era costosa, como la de Diseño. Se requería comprar película, papel, químicos y la cámara, que yo no tenía, sino que usaba una prestada. Él me dijo que me iba a dar todo eso (hasta una cámara prestada), pero también me dijo: «Tú vas a ser mi esclavo», así mismo, «cargarme las maletas» y estar al lado cada vez que tuviera trabajo. Dicho y hecho así fue. Además, él era también profesor fuera de la escuela y daba de noche y en fines de semana talleres de fotografía para adultos. Y yo era el que arreglaba el espacio, acomodaba las sillas, preparaba los químicos… cosa de que él llegara y solo diera su clase. Al poco tiempo yo me sabía las clases de memoria. Aparte de eso, yo era un fastidio porque estaba hambriento de aprender, de conocimientos. Cuando le pedía que me explicara algo específico, decía como buen maracucho: «Dejá el fastidio y leé», y me lanzaba un libro. Yemar también podía ser conflictivo. Una vez me dijo: «Tú eres duro, porque tú eres el único que no me ha llorado», y eso tenía que ver con la rigurosidad (que podía confundirse con maltrato) que aplicaba a sus estudiantes. Yo aguanté, así aprendí y con su apoyo terminé los estudios.
Yo usaba una cámara Pentax con dos lentes (un 50 y un 28) que él me había prestado para estudiar. En unas navidades él me dice: «Mirá, necesito la cámara». Y yo: «Me va a quitar la cámara». Ya desde ese entonces yo no salía sin cámara. Yo no salgo a tomar fotos, yo salgo con la cámara y hago fotos cuando, esté haciendo lo que esté haciendo, veo algo que me llama la atención. Fui así desde antes, cuando entendí qué era lo que quería hacer con la fotografía. Entonces Yemar me pidió la cámara y pensé que me iba a quedar sin cámara. Se la di y me dijo: «Vení acá, feliz Navidad». Me regaló la cámara. Y todavía funciona. Con ella hice muchos trabajos, en Europa y en toda Venezuela, era de mis favoritas antes de meterme en lo digital. Fue mi primera cámara, después me compré otras, pero todavía la conservo por eso.
Nosotros fundamos una cooperativa en los espacios de un depósito de la misma Escuela Cristóbal Rojas, lo reestructuramos completo y hasta le incorporamos aire acondicionado, una batea central, ocho mangueras de agua… Equipamos el espacio para dar clase cualquier día de la semana. Todo lo compramos y pusimos nosotros, desde las ampliadoras hasta la última pinza, los tres del equipo. Se llamaba Luz Continua. Más tarde se disolvió porque el Centro Simón Bolívar nos hizo la vida imposible hasta que nos sacó del sitio. Cuando nos repartimos las ampliadoras, fue la última vez que vi a Yemar, salieron a flote muchas diferencias y cerré mi ciclo con él. En mi blog y algún libro he escrito sobre él y le agradezco el apoyo y la motivación.
Formación y compañía
Aprendí muchísimo de la técnica de la fotografía inicialmente con Yemar. Por ejemplo, en la escuela solo se revelaba en blanco y negro (nada a color), yo aprendí por mi cuenta a revelar y ampliar a color. Lo asistí en sus clases y en sus trabajos, como los de publicidad. Yo igual empecé a dar clases en la escuela mientras todavía estudiaba allí. Daba talleres libres, y di el primero de revelado a color y otros que antes no existían ahí. También hice suplencias a los profesores de fotografía dentro de los cursos oficiales de la carrera.
Tardé más para graduarme porque en algún momento, antes de terminar la carrera, sentí que ya tenía lo que quería. «¿Pero qué pasó con tu título? ¿Tú no te piensas graduar nunca?» me preguntaban y yo decía: «No, después». Lo que más me importaba era aprender, capacitarme, después busqué el papel, el título. Hasta aprendí a revelar diapositivas.
Hice pasantía y no tuve el trauma de la pregunta del recién graduado: «¿Y ahora qué hago?». Yo acumulé mucha experiencia y conocimientos trabajando y dando clases en la cooperativa, en la escuela y como asistente de otro fotógrafo. De paso, hice pasantía (y remunerada) en Últimas Noticias con Esso Álvarez. Él primero había asistido a una exposición de mi escuela, y vio mi trabajo y le gustó. Luego pidió que le «mandaran al muchacho de la foto» para el periódico. Él vio que tenía un ojo diferente, por eso entré (como reportero gráfico) y me exigía bastante también. Pagaban una tontería pero eso para mí era una gran ayuda y cuando terminé la pasantía me fui porque el cargo fijo que me prometían a cada rato nunca llegó.
Otro cuento fue cómo di mi primera clase. Cuando yo era asistente de Yemar, después de prepararle todo para la primera clase de un curso, él antes de empezar me dijo que yo diera la clase y que él sería un alumno más, y que cualquier cosa que se me pasara por alto, él haría un comentario o pregunta para que saliera a flote. Y así fue y salió bien. Dicté todo el curso. Luego me decía: «Tú enseñas bien». Por eso no hice el componente docente.
Me topé con una profesora de Estética que no me dejó pasar la materia a la primera vez (porque yo la cuestionaba mucho, y no le gustó) y también por eso tardé un poco más en graduarme. En esa época yo era ya profesor dentro de la escuela. Siempre hubo mucha armonía y mucha unión entre las escuelas de fotografía en Venezuela. Eso es algo que por lo general no es muy común en otros países.
José María Campos fue uno de mis mejores maestros, era artista plástico y fue mi profesor de Análisis Plástico. Era brillante y con él se podía disertar sobre las vanguardias, las artes… Creaba una energía increíble porque nos ponía a investigar. Luego la clase era como una buena conversación. Gracias a él resolví el tema de la materia pendiente y me gradué, pero no fui a la graduación. Busqué mi título por la oficina.
Otro de mis grandes maestros es Ramón Grandal, que era de Cuba pero siempre aclaraba que nadie lo había mandado a Venezuela (vino solo, sin compromisos políticos). Lo conocí cuando dictó un taller y yo asistí gratis (era de la casa). Él prometió de «premio» para el mejor trabajo final una foto original suya firmada. Yo me la gané. Luego dictó talleres en la cooperativa y lo seguí. Era un tipo con trayectoria, te echaba cuentos y conversaba y compartía contigo lo que había recibido de otras conversaciones con grandes artistas. En una buena época, era el que retrataba a cuanto artista o escritor pasara por La Habana. Si de retratos se trata es una colección suya de retratos con Vargas Llosa y García Márquez incluidos. Hasta aprendí a tomar café bien con él. Con él todo era un constante aprendizaje. Cada encuentro con él era una cátedra. Con él aprendí lo que sé del arte de la fotografía. Era el tipo que, si le mostraba fotos mías, decía: «De todas estas fotos, estas nueve son una porquería… Pero esta, este es el camino, sigue por aquí». También recuerdo que decía que «en la vida un fotógrafo no tiene más de doce fotos buenas». Y me señaló una vez una mía y dijo: «Esa es una foto que te va a sobrevivir». Efectivamente, luego en un viaje a Polonia en el que llevé mi obra, me la pidió (para comprarla) el Instituto Hispanohablante para que fuera portada de un libro, y así fue. Ese libro está en todas las bibliotecas de ese país, pero nunca lo he visto.
Para leer la entrevista completa, descarga de manera gratuita Nuevo país de la fotografía en la Biblioteca Digital Banesco.