Día internacional de la Juventud: el talento joven está en la Biblioteca Digital Banesco

La literatura también sirve de vitrina para el talento emergente y las nuevas generaciones. Ese es el propósito de la Colección Los Rostros del Futuro, que en sus títulos destaca el trabajo de jóvenes venezolanos quienes desde su oficio o profesión, han marcado una tendencia dentro y fuera del país. En el marco del Día Internacional de la Juventud, destacamos la entrevista “Como si hiciera escenas de película”, escrita por Isaac González del libro Nuevo País de la Arquitectura. Este título se encuentra disponible para su descarga gratuita en la Biblioteca Digital Banesco.

Por: Isaac González
Foto: Silvana Trevale, Arturo Arrieta

Arquitecto egresado de la Universidad Central de Venezuela, nació en Caracas en 1991. Fundó con su mejor amigo y colega, Rodrigo Armas, la respetada compañía Atelier Caracas, que cumple diez años este 2025. Bajo esa firma han creado diseños como el del edificio La Grand Plaz, el spa 2020: A Spa Odissey, el centro infantil para rehabilitación y terapia sensorial Fun Maze y un centro de servicio al cliente de Ferrari, entre otros. Lector curioso de lentes circulares, fanático del cine y riguroso en su oficio, es un enamorado de la arquitectura como novela: la idea de encarnar el personaje de un profesional que se levanta cada día a hacer sus maquetas.

Decía Víctor Hugo, en su monumental novela Nuestra señora de París, de 1831, que la humanidad tenía dos registros principales, la arquitectura y el libro. Argumentaba el escritor francés que, antes de la invención de la imprenta en el siglo XV, el pensamiento humano se escribió en columnatas, pilones u obeliscos, por lo que consideraba que la arquitectura llegó a ser el gran libro de la humanidad. Luego, al aparecer la revolucionaria creación de Gutenberg, los edificios fueron destronados. 

Si bien tiene razón Hugo cuando señala que la arquitectura dejó de funcionar como canal de perpetuación del pensamiento, hizo una afirmación en el mismo libro que quizás tuvo como objeto generar más drama en medio de la tragedia de Quasimodo y la decadente París del siglo XV: «No nos engañemos, la arquitectura está muerta, muerta definitivamente, la ha matado el libro impreso porque dura menos y es más cara»

Años después, un genio y teórico de la arquitectura, Le Corbusier, daría una influyente definición en su libro Hacia una arquitectura: «La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz». Proponía el arquitecto que sus colegas se inspirasen en la eficiencia de los objetos industriales, como los automóviles o los aviones, para diseñar edificios que respondieran a la era de la máquina; también expuso y llevó a la práctica con fundamentales construcciones los Cinco puntos de una nueva arquitectura: columnas para elevar el edificio del suelo, planta libre sin muros estructurales, fachada libre independiente de la estructura, ventanas horizontales para mayor iluminación, terraza jardín como espacio habitable. 

Es decir, con el pensamiento o su expresión entre urbes y pueblos, la arquitectura habla y moldea no solo el espacio, también las ideas. 

Burbuja, oficina o nave espacial
Una joven compañía venezolana, Atelier Caracas, fundada hace diez años, así lo ha demostrado. El taller que abrieron en 2015 da cuenta de que el interés de sus fundadores, Julio Kowalenko y Rodrigo Armas, apunta a crear construcciones que combinen humor, arte, sutileza, cine y cultura pop. Mientras en el área donde está el equipo la luz entra por un gran ventanal que descubre una serie de ventanas en forma de burbujas, la sala de reuniones, con su puerta de nave espacial, su mesa larga y fina, coronada por un televisor en una ambientación claroscura, parece un homenaje a filmes de ciencia ficción como 2001: odisea del espacio, de Stanley Kubrick, la saga de George Lucas Star Wars o la franquicia creada por Gene Roddenberry Star Trek. 

Pero además, junto a las maquetas de sus próximos proyectos, que les han llevado a colaborar o trabajar por ejemplo con Santa Teresa, Ferrari, Sony Music Latin / 5020 Studios o Bartlett School of Architecture, tienen objetos pop como un Buzz Lightyear, el pretencioso astronauta de Toy Story; una figura de Ismael, uno de los miembros de la Corte Malandra; o un Hulk sentado en una mesa de trabajo. Todo junto a una biblioteca de libros de arquitectura como El espacio urbano de Rob Krier, Arata Isozaki de Philip Drew o La arquitectura móvil de Yona Friedman. Es un viaje ecléctico entre maestros de la arquitectura, el cine y el paisaje entre el área de oficina, la luz natural y la estructura de nave espacial.
No es algo casual. Tanto a Julio como a Rodrigo les gusta la ciencia ficción, por eso muchas de sus creaciones, como La Grand Plaz, en la avenida Río de Janeiro, Las Mercedes, o el 2020: A Spa Odissey, un spa urbano en la capital, tienen una estética futurista, pero también se dejan influir por la rutina mundana y el pop en proyectos como New Coherency, lo abstracto en Radical Semantics o lo escultural en un aparador como la Credenza. 

Julio Kowalenko particularmente es un amante del cine. Desde muy joven su padre, León Kowalenko, fallecido hace un año, le mostró la obra de directores fundamentales como Wes Anderson, Federico Fellini o Jean-Luc Godard. Podía ser un adolescente en séptimo grado y su progenitor ya le enseñaba documentales complejísimos como el experimental Koyaanisqatsi de Godfrey Reggio, un poema visual que, sin diálogo ni narración, reflexiona sobre la modernidad y el medio ambiente. 

Eso, junto al estudio de Le Corbusier, Louis Isadore Kahn, Ludwig Mies van der Rohe, Frank Lloyd Wright u Oscar Niemeyer –también por sugerencia de León cuando supo que su hijo estudiaría Arquitectura–, formó su pensamiento crítico, que le hace considerar que la arquitectura y el diseño no deberían ser sencillamente la construcción de algo y ya está listo. Deben incomodar. No desde el punto de vista estético o práctico, sino conceptual. Porque la monotonía, advierte Kowalenko, puede llegar a ser peligrosa. «El estancamiento conceptual para mí es lo más peligroso en la vida. Y el país nos educó para no querer salirnos de nuestra zona de confort porque era riesgoso. Pero creo que es un momento interesante para salirse de la zona de confort», dice el arquitecto, todo un milenial de lentes redondos que, nacido el 8 de agosto de 1991, para la fecha de esta entrevista tiene 33 años de edad. 

A Julio no le gusta presumir de su talento, procura hablar con humildad de lo que es capaz sin olvidar citar a maestros de la arquitectura. Atelier Caracas es disruptivo en el contexto venezolano, sin embargo, él no considera que sea así por alguna innovación que hayan aportado, lo atribuye al estancamiento que ha tenido el sector en los últimos treinta años, pues tanto él como su socio y amigo vieron un vacío en un país que entre los 50 y los 90 tuvo un movimiento cultural enorme en todos los ámbitos, con nombres, en la arquitectura específicamente, como Tomás Sanabria, Carlos Raúl Villanueva o Jimmy Alcock. 

«Es una tierra de próceres culturales. No sé si fue por la situación política que hubo una suerte de estancamiento cultural. Me atrevería a decir que en todas las áreas. La situación económica se apretó y la seguridad también. Todo propulsó a que el venezolano estuviese en constante supervivencia. Cuando estás sobreviviendo por defecto no estás viviendo. No estás concentrado en hacer arquitectura entonces, sino en hacer proyectos para ganar dinero. Y creo que en la arquitectura, para que sea buena, siempre tienes que arriesgar un poco»

Es en ese vacío que aparece Atelier Caracas con su humor, su juego, su futurismo y su rigurosidad. Porque, sí, eso lo reconoce Julio, son bastante rigurosos y estrategas con lo que hacen. A pesar de que se muestra rebelde en el contexto venezolano, no es de los que rechazan la tradición o la academia, él respeta mucho a los maestros, le encanta la historia, es un comprador compulsivo de libros y ama escuchar música académica y jazz. Nació en Caracas, creció siendo «patinetero», «punketo» y metalero, aunque en el fondo es un estudioso que es feliz rodeado de sus libros y con pocas apps en el celular. Con Spotify, Instagram o PagoDirecto es más que suficiente. «Nosotros nos denominamos antialgorítmicos. No solemos usar apps y lo peor es que nos va muy bien en Instagram. Creo que es porque lo usamos a nuestra manera, como si hubiésemos inventado nuestro algoritmo, que en el fondo lo usamos para propagar cultura como poniendo algún libro que estemos leyendo. El tema con el algoritmo es que, en esta hiperrealidad en la que tenemos todo tan inmediato, te dice qué ver. Lo bonito del iPod era que tú lo curabas, tú inventabas el algoritmo, lo alimentabas. Eso se ha perdido un poco».

Atelier Caracas, cuenta Julio, nació como por inercia, no por una planificación milimétricamente ensayada. Él y Rodrigo eran grandes amigos en la Universidad Central de Venezuela, donde estudiaron, y desde muy temprano tuvieron interés de hacer una vida en la arquitectura, lo que es muy difícil. Un día a Armas se le presentó la oportunidad de diseñarle una casa a un amigo e invitó a Julio a participar. Luego consiguieron otro trabajo por casualidad y de la noche a la mañana decidieron buscar un nombre y produjeron sus tarjetas de presentación. En ese contexto vieron el vacío por el estancamiento cultural, pero Kowalenko advierte que no busca ser peyorativo, su planteamiento tiene que ver con que la arquitectura como gremio estaba inexistente, con sus profesionales desperdigados y cada quien sobreviviendo por su lado. A pesar de eso, menciona a colegas que admira por su trabajo como Alessandro Famiglietti, Joel Sanz, sus tutores de tesis Khristian Ceballos Ugarte y Mawari Núñez o Alejandro Haiek. 

Decidieron incursionar en la creación de la compañía pensando en cómo hacer una oficina de arquitectura en un país repleto de oficinas de proyectos. Porque la arquitectura, explica, no es construir, se trata de hablar de arquitectura, discutir cómo se dibuja, cómo se piensa, cómo se escribe, qué significa en el mundo de la escenografía. Hoy día todo está tan sectorizado que le aburre, por eso le gusta tanto el cine, porque no depende de la gravedad. 

En la arquitectura sus gustos los define con la palabra «bicho», en referencia a las muchas creaciones futuristas que ha hecho en Atelier Caracas, como los módulos policiales que han estado produciendo y lucen como unos robots. En ese sentido se inclinan por insertar en el paisaje urbano un aparato que parece que aterrizó de la nada. Desde un punto de vista estético es una muestra más de que les gusta la NASA y la ciencia ficción. 

Pero esta idea va más allá. Tanto Julio como Rodrigo son de una generación –la que hoy está cerca de los treinta o ya los supera– a la que le tocó una Venezuela muy difícil. Por ejemplo, en 2015, cuando se gestó la fundación de Atelier Caracas, él estaba en la media de sus veinte y era una época en la que crecer lucía prácticamente imposible, además de que la inseguridad se encontraba en números rojos y se sumaba la escasez de productos básicos o el deterioro del sistema institucional. «A aquellos que nacimos a finales de los 80 o en los 90, y me atrevería a decir que como hasta el 2003, en verdad nos tocó una Venezuela difícil. Porque las personas mayores a nosotros perdieron negocios o hicieron más plata, quién sabe, pero a nosotros nos tocó criarnos y crecer como intelectuales, como seres humanos, desarrollar la paciencia y la madurez en una Venezuela en la que fácilmente podrías malcriarte». Ha sido una generación, continúa, que siempre vivió expuesta a una monotonía muy fuerte. Los proyectos de Atelier Caracas son una respuesta a eso. Son divertidos porque les parecía que la arquitectura era demasiado rígida y seria, entonces, ¿por qué no hacer reír a la gente? 

«¿Por qué no agregarle algo de humor? Me encantan los comentarios de la gente en Twitter (hoy día, X) sobre La Grand Plaz, porque dicen que parece un submarino, que nos plagiamos el Pompidou, que pareciera que dejamos los andamios puestos. ¡Me encanta! Porque al final están hablando del edificio. Nadie habla de las cajas de vidrio que están al lado. Pero aquí emites una opinión, buena o mala, pero te estás divirtiendo hablando mal del edificio». 

Outsiders
En el fondo Julio hubiese preferido ser cineasta, una profesión por la que siente envidia porque un director, con una historia y todo un equipo, tiene la capacidad de crear su propio universo. Se riñe con la idea de ser astronauta o diseñador de modas. Porque lo que le aburre de la arquitectura es que existe la gravedad, y esta, junto a los clientes, los presupuestos o las ordenanzas, puede ser un obstáculo para la creatividad. Un cineasta, apunta, tiene el control absoluto sobre sus escalas y produce ecosistemas de una hora y media, dos horas o más. «A nosotros, por procesos burocráticos, por políticos, por clientes, nos cuesta diseñar un baño, eso aburre. Si por medio de mis proyectos puedo poner a las personas a flotar por un tiempo mientras sean habitantes, lo haré con mucha intensidad». 

Tanto él como Rodrigo se han sentido siempre outsiders en el gremio de la arquitectura. Tienen amigos, por supuesto, pero, por ejemplo, no son profesores de la Facultad de Arquitectura sino del Instituto de Diseño de Caracas. Comulgan con el diseño como una profesión o una postura ante la vida, no como una especialización. De ahí que sus búsquedas creativas apunten hacia lo más narrativo o escenográfico: «Yo diseño como si hiciera escenas de películas». 

Atribuye Julio su inclinación por lo creativo a su ascendencia por el lado materno. Es bisnieto del gran escultor catalán Ernest Maragall, que se trasladó a Venezuela durante la Guerra Civil Española y es creador de piezas como el Monumento a los Caídos de la Generación del 28, en la UCV, o la escultura que retrata a Bernardo O’Higgins, en El Paraíso. Siguiendo esa misma línea, es tataranieto del poeta Joan Maragall y sobrino de Julio Maragall, su arquitecto venezolano favorito, diseñador de obras como la Galería Freites o la Torre ABA, ambas en Las Mercedes. «Hay un lenguaje que heredé de mi tío, los cilindros y los círculos no vienen de gratis, o las proporciones como obesas e innecesarias». Creció por tanto en una casa en la que se acostumbró a ver esculturas y su papá, como ya ha mencionado, era un esteta. Todo ese bagaje le ayudó cuando entró a la universidad.

Cree que quizás los planetas se alinearon para que decidiera ser arquitecto, una profesión que, y lo dice con humildad, se le da. El cine se quedó en ambición y la arquitectura es algo que sencillamente «vomita». En algún momento de su niñez coqueteó con ser médico como su abuelo dermatólogo Wadim Kowalenko, a quien recuerda como una persona elegante que usaba prendas cuello de tortuga, además de su bata, y se movilizaba en un Mercedes Benz (a Julio le encantan los carros antiguos). Era una idea romántica por la imagen que proyectaba su abuelo. 

Pero Julio es daltónico, así que el mundo de la medicina se le iba a hacer demasiado cuesta arriba. Obsesionado de niño con Vincent van Gogh, y luego influenciado por su bisabuelo Ernest Maragall y su tío Julio Maragall, también escultor, pensó en convertirse en un artista puro, lo que preocupó a su madre, María José Arévalo, la persona que más lo ha apoyado en todo. Hasta que su padre le recordó que su tío también tenía como profesión la Arquitectura y optó por ese camino. 

«Ahí mi papá empezó a hablarme de cosas como las revistas Domus o Casabella, Le Corbusier, Ludwig Mies van der Rohe, Louis Isadore Kahn, Frank Lloyd Wright… No solo de los edificios, sino de los muebles que diseñaban. Mi cerebro tuvo una erupción. Sobre todo porque al ser arquitecto existía la posibilidad de ser interdisciplinario, porque en el fondo el arquitecto predica la palabra del diseño (creería que es lo que hago hoy día y lo que más me gusta). Predica la palabra del diseño, la investigación y la precisión, por más precisa o imprecisa que sea su obra»

Kowalenko lo admite: es un gran enamorado de la arquitectura como novela, la idea de ser un profesional de lentes circulares que se levanta cada día a hacer sus maquetas. Le hace feliz saber que sus arquitectos están ejerciendo a diario lo que estudiaron y no realizando planos de AutoCAD, un software de diseño asistido, usado por arquitectos, ingenieros o diseñadores industriales. No entiende por qué hay gente que entra a su oficina y se sorprende cuando ve las maquetas de sus distintos proyectos. «¿Por qué se sorprenden? ¡Pasé siete años haciendo maquetas! ¿Cómo no voy a hacer maquetas? Ese es mi trabajo. El doctor tiene un bisturí y corta. ¿Entonces yo no puedo hacer una maqueta? No sabía que me había graduado para hacer planos de AutoCAD. Ni siquiera tuve una materia al respecto. Estudié Historia, Teoría de la Arquitectura, Dibujo, electivas de Fotografía». 

Tuvo asimismo una materia que amaba, llamada Impuros, en la que se discutían figuras poco canónicas de su profesión. «La daba Gustavo Flores, un señor como de noventa años, no sé si todavía sigue por ahí, ¡mi profesor favorito! Quiero ejercer impuro, por ahí va todo».

Equilibrio y atmósfera
Reflexionar sobre arquitectura y cine es quizás de lo que más le gusta a Julio, por eso es interesante escucharle hablar del filme The Brutalist de Brady Corbet, que combina la grandeza y la presencia sublime del brutalismo con el séptimo arte para contar la historia de un arquitecto migrante que sufre discriminación sistemática en Estados Unidos. El arquitecto señala que la primera parte le gustó y la segunda le pareció una película de terror. Si bien entiende que el arte puede servir de advertencia sobre situaciones difíciles, le gustan los filmes de los 90 en los que, aunque el mundo esté por acabarse, la narración no deja de ser optimista. «Migrar a otro país es duro. Mi hermano migró a España. Mi familia es de migración rusa desde la Segunda Guerra Mundial. Y mi bisabuelo fue general zarista y migró por los bolcheviques a Grecia, lo entiendo. Pero me hubiese encantado ver una película sobre un inmigrante al que sencillamente le fue bien y ya. Necesito un poco más de Tom Hanks y Meg Ryan en mi vida» (protagonistas de You’ve Got Mail, de 1998). 

Desde el punto de vista arquitectónico, considera acertado que nunca se revelara explícitamente la iglesia que diseña el personaje László Tóth, interpretado por Adrien Brody, pues termina siendo una suerte de criatura viva o un ser maligno por el que el protagonista está obsesionado. «Fue muy astuto el uso de los recursos para plasmar el proyecto arquitectónico. Y la biblioteca me pareció bellísima». 

Cuando se le comenta que esa biblioteca puede ser una representación del equilibrio en la arquitectura, Kowalenko ofrece una reflexión que ayuda a entender mejor su amor y pasión por su oficio: «Siento que el equilibrio, más que visual, es conceptual. En la arquitectura, en el fondo, se trata de aquello que lo construido genera. Esa biblioteca tiene equilibrio por la calidad lumínica. Por cosas que no son materiales. La luz y la sombra, que diría son mis materiales favoritos, no son materiales. Son inmateriales. Son como amenidades que la obra de arquitectura genera, pero es lo que gozas».

Pone como ejemplo la obra de Carlos Raúl Villanueva. La Ciudad Universitaria es una obra maestra, pero Julio se pregunta hasta qué punto lo es por lo material y hasta qué punto por lo inmaterial. Si vas a lo material, continúa, era necesario terminar algunas cosas pronto por el contexto político, lo que pudo provocar muchos errores constructivos. La cuestión es que Villanueva era un maestro de la atmósfera, afirma. «Si haces una sección de la Plaza Cubierta verás que son una serie de techos, es decir, la sección es horrible, pero hay un manejo porque Villanueva sabía lo que iba a ocurrir a diferentes horas del día, entonces superpuso de cierto modo los techos y se generó un aura. Por eso uno dice que la Plaza Cubierta es sublime. Porque nunca es igual, es como el Ávila». Internaliza, subraya el arquitecto, el fenómeno del trópico de una manera precisa, exacta y coherente. ¿Consideraría que alguna de sus piezas ha logrado algo así? Kowalenko es cauteloso y dice que le encantaría, insiste en que la arquitectura de Atelier Caracas es más satírica y, asimismo, precisa. «Creo que me faltan muchísimas canas para empezar a hablar de precisión en lo atmosférico y lo perceptivo. Me queda toda una vida por delante. Espero llegar ahí. Pero mientras quiero seguir irritando y haciendo robots». 

Algo Pop
El proceso creativo en Atelier Caracas es muy literal. Julio no entiende cómo se puede hablar de arquitectura partiendo de la función cuando es algo obvio. Por ejemplo, la oficina que tienen es cómoda, pero su intención no era diseñar una oficina cómoda sino crear una nave espacial. Las estaciones en las que han estado trabajando las llaman «mosquito» y «grillo», es una aproximación satírica e intencionalmente literal porque para ellos es importante la relación perceptiva del habitante con el objeto. Otro caso que menciona, externo a su compañía, es el de La Previsora, que compara con las construcciones de Blade Runner y de la que destaca su simbolismo en la ciudad, tanto por su enorme reloj como por su forma piramidal. «Tiene una cosa iconoclasta que nos llama mucho la atención. El edificio como símbolo, como objeto que genera una relación no piramidal entre arquitectura y habitante, sino algo horizontal. La arquitectura es para la gente. Por ende, no debería ser tan abstracta y siento que el arquitecto a veces es demasiado self-centered». 

Julio, en efecto, intelectualiza sobre sus creaciones sin olvidar que pertenece a la gente, como la pelota Pepsi o la taza de Nescafé. Se pregunta por qué la arquitectura debe ser vista como algo estático donde solo se diseñan edificios. En el fondo sus proyectos, aunque construcciones, terminan siendo como juguetes gigantes de los que la gente se apropia, por eso hay quien ve a La Grand Plaz como un «submarino».

«Hay algo pop en nuestra arquitectura que es milimétricamente intencional. Los edificios tienen esas apariencias porque queremos que así sea. No busco llamar la atención, quiero que la gente se apropie culturalmente de mi obra y se divierta con ella. Porque el mundo está tan en el foso que lo mínimo que podemos hacer es salir a la calle a trabajar y pasarla bien. ¡Qué fino voltear hacia La Previsora y ver la hora!». 

El primer lugar en el que estuvo la oficina de Atelier Caracas fue en Las Mercedes, en un espacio al que le cayó una grúa encima dos días después de que se fueron. Luego llegaron a la Torre ABA, en la sala de reuniones de su tío Julio Maragall. Se mudaron al Centro de Artes Integradas, del colegio El Ávila, donde estuvieron cuatro años, y después pasaron a la planta baja del edificio Necuima, al que le tienen mucho cariño. Ahí crecieron mucho como empresa y a mediados del año 2025 llegaron a la primera oficina diseñada por ellos mismos, en el Parque Profesional del Este. «Nos hemos dado cuenta de que Atelier Caracas es una criatura y un hijo de los dos –de Julio y Rodrigo–. Si Rodrigo hiciera arquitectura por su lado haría una diferente a la del Atelier, y yo también. Atelier Caracas es producto de las horas que hemos dedicado a estar aquí». 

En este espacio inspirado en lo mejor del cine de ciencia ficción, Julio es el curioso que siempre está soltando ocurrencias. Es su trabajo. Entonces todo el día les muestra referentes a sus arquitectos o inventa ideas. Luego las conversa con Rodrigo para que las filtre y les incorpore su visión racional. «Cada día me doy más cuenta de que la arquitectura es un arte compartido. Hay muchas manos generando el producto. Me da risa cuando la gente habla de los derechos de autor. ¿Y los obreros? Nadie quiere poner a los obreros y son los que colocan un ladrillo encima de otro. Y yo amo a Rodrigo, soy el padrino de su hija. Es mi mejor amigo». 

Un momento interesante
Julio cree que este es un momento interesante para seguir sumando en el país y empezar a apropiarse de espacios. Como los módulos policiales que han estado trabajando. Reconoce que ese fue un proyecto que al aparecer le generó un cierto remordimiento moral, a pesar de que no están trabajando propiamente con el Estado sino con una constructora que hace proyectos públicos. «Pareciera ser un tabú, pero hay que romper el tabú y entender que si se te presenta la oportunidad para, desde dentro, generar un cambio, hay que tomarla. ¿Por qué si se me presenta la oportunidad de hacer arquitectura, y entender que desde la arquitectura puedo generar cambios de conducta, no puedo hacerlo? Estoy cien por ciento convencido de que esos módulos van a generar cambios de conducta, y si no estoy en lo cierto, bueno, no lo estoy, pero al menos lo intenté». 

En cualquier país del mundo, continúa, un arquitecto debería sentirse honrado por hacer una estación policial. Está harto, como muchos de esta generación, de heredar un problema que no es de él, en un momento en que ni siquiera estaba vivo (subraya que los problemas del país son de antes de las gestiones de Carlos Andrés Pérez). «El periodista tiene derecho a hacer periodismo, el futbolista tiene derecho a jugar fútbol. Hay que entender que la conversación ahorita es diferente. Estamos en otro momento, queramos o no. Obviamente quisiera que muchas cosas fueran distintas, pero del país no me quiero ir y amo hacer arquitectura». 

Apasionado, lector curioso y comprometido, así es Julio Kowalenko. Fundador joven de una compañía que ha querido ser distinta en una Venezuela en la que se intentó imponer la monotonía. La arquitectura de Atelier Caracas puede no tener registros de pensamiento como los que defiende Víctor Hugo en Nuestra señora de París, pero habla. Habla mucho. Y resuena con su tiempo. 

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