La Ciudad Universitaria de Caracas ha sido, desde su materialización, un referente mundial del Modernismo por su arquitectura y propuesta social. Representó uno de los mayores hitos del siglo XX para Venezuela y América Latina al desmitificar la utopía de la “ciudad ideal”, gracias a la visión y obra del arquitecto Carlos Raúl Villanueva.
Por: Andrea Agrifoglio
Inicios de la Ciudad Universitaria de Caracas
La Ciudad Universitaria de Caracas nació formalmente como proyecto en 1943, cuando el Estado venezolano decretó su construcción para ser la próxima sede de la Universidad Central de Venezuela (UCV); iniciativa impulsada por la sobredemanda que recibía el Hospital Vargas -centro de salud capitalino, donde los estudiantes de medicina realizaban sus prácticas profesionales-, tras el exponencial crecimiento poblacional de la Caracas del siglo XX.
Para la primera mitad de 1900, Caracas se extendía hacia el Este, por esta razón se buscaba un espacio lo suficientemente amplio y cercano a las nuevas vías de comunicación, para la construcción de la Ciudad Universitaria de Caracas. Entonces, se destinó los espacios de la Hacienda Ibarra, por su ubicación en el centro geográfico de la ciudad, para realizar la próxima sede de la UCV. La planicie de su terreno de 203 hectáreas cumplía a la perfección con las exigencias del proyecto.
Dado que la Ciudad Universitaria de Caracas se ideó principalmente para proporcionar espacios aptos que cubrieran la inmensa demanda de estudiantes y pacientes de medicina, la primera construcción que se llevó a cabo fue el complejo médico, que albergaría el Instituto de Medicina Experimental, el Instituto Anatómico, y el Hospital Universitario de Caracas para las prácticas profesionales de los estudiantes de la salud.
Este complejo marcó la primera fase de la Ciudad Universitaria de Caracas. Tomó desde 1945 hasta 1947 para poner a disposición el Instituto de Medicina Experimental y el Instituto Anatómico como las primeras estructuras funcionales del campus; destinando, en simultáneo, desde 1945 hasta 1956 para culminar e inaugurar el Hospital Universitario.
Visión exclusiva de Carlos Raúl Villanueva
A diferencia de otras obras civiles de gran magnitud, la Ciudad Universitaria de Caracas no se construyó bajo un comité de arquitectos, sino bajo el criterio de un único nombre: Carlos Raúl Villanueva; arquitecto venezolano que adaptó su visión durante la totalidad del proyecto, desde 1943 hasta 1960.
Para 1943, durante los inicios del proyecto, el arquitecto venezolano se desenvolvió como consultor por ser el jefe de arquitectos del Ministerio de Obras Públicas. Sin embargo, a partir de 1944, con la creación del Instituto de la Ciudad Universitaria para realizar el proyecto, se nombró a Villanueva como director del Taller de Arquitectura. De este modo, asumió el control ejecutivo sobre el equipo de diseño y de ejecución de las obras, responsabilidad que en el futuro le permitiría consolidar la integración de las artes plásticas; un aporte fundamental que ayudaría a catalogar el campus universitario como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Referencias internacionales
Para garantizar el éxito de la Ciudad Universitaria de Caracas se decidió hacer una serie de visitas a distintos campos universitarios en el exterior, con el objetivo de observar variados modelos de diseño y consultar opiniones expertas.
En 1943, quien era el rector de la UCV, Antonio José Castillo, se trasladó hasta Estados Unidos para visitar personalmente las principales universidades norteamericanas. Como resultado de su viaje, Venezuela decidió solicitar al Departamento de Estado norteamericano la asesoría de un experto. Así es como Frank McVey, presidente emérito de la Universidad de Kentucky, fue enviado a Venezuela quien sostuvo reuniones con el ingeniero Armando Vegas, parte de la directiva inicial del proyecto, y Carlos Raúl Villanueva, aún jefe de arquitectos del Ministerio de Obras públicas. McVey recomendó un concepto colonial que al poco tiempo rechazaron los venezolanos por tendencias modernistas.
Para 1946, una delegación encabezada por Rafael Pizani, nuevo rector de la UCV para aquel momento, viajó hasta Colombia para observar las instalaciones de la Ciudad Universitaria de Bogotá. Como resultado del viaje, la delegación volvió al país con la determinación de que el proyecto de la Ciudad Universitaria debía ser encabezado por un único arquitecto, para evitar la falta de unidad visual y coherencia estructural que apreciaron en Colombia, debido a los múltiples arquitectos que participaron en el diseño de las edificaciones. Fue entonces cuando se nombró a Villanueva como director del Taller de Arquitectura y único arquitecto encargado de la futura sede de la UCV.
Tres años más tarde, Villanueva integró a su equipo a Juan Pedro Posani, un joven arquitecto italiano cuya afinidad teórica y rigor técnico lo convertirían en pieza fundamental para la materialización del proyecto. Posani no solo actuó como un asistente convencional, sino como el interlocutor intelectual de Villanueva, por comprender a la perfección la ambición de integrar las artes plásticas con la funcionalidad arquitectónica moderna. Su lealtad y dominio de la obra permitieron que, años más tarde, fuera él quien asumiera la responsabilidad de finalizar detalles críticos en facultades como la de Ciencias Económicas y Sociales (FACES), garantizando que la esencia del plan maestro se mantuviera intacta, incluso ante la enfermedad y ausencia física de Villanueva.
Cerca de 1950, Villanueva siguió por completo cada uno de los debates arquitectónicos que se desarrollaban en Europa, sobre la integración de las artes dentro de los diseños urbanísticos como parte estructural de un mismo espacio. Pero mientras en el otro continente aún debatían este concepto, Villanueva lo llevaba a cabo en Caracas bajo una exhaustiva supervisión y visitando con frecuencia destinos europeos, para estar en contínuo contacto con las tendencias modernistas.
Epicentro de eventos emblemáticos
En múltiples ocasiones, la Ciudad Universitaria albergó eventos emblemáticos de talla internacional, incluso sin que el campus estuviera terminado en su totalidad.
En 1951, se celebraron los III Juegos Bolivarianos en la Villa Olímpica , celebración deportiva con la que se estrenaron los estadios Universitario de Caracas y el Olímpico de la UCV.

La Ciudad Universitaria de Caracas también dispuso el Aula Magna para alojar la X Conferencia Interamericana que tuvo lugar en Caracas del 1 al 28 de marzo de 1954. Los espacios del auditorio se estrenaron con esta ocasión, incluso antes de su inauguración formal el 2 de marzo del mismo año.
Monumento Histórico Nacional y Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco
Una vez que el Instituto de Patrimonio Cultural (IPC) nombró la Ciudad Universitaria como Monumento Histórico Nacional en 1993, un grupo de arquitectos propuso al Estado postular el campus ante el Comité de Patrimonio Mundial de la Unesco.
Luego de respaldar la postulación con más de 30.000 documentos originales del proyecto —de acuerdo a la solicitud demandada por la Unesco para considerar la propuesta—, la institución envió a Louise Noelle Gras, curadora y crítica de la historia de la arquitectura, para realizar una evaluación in situ del bien postulado; quien terminó maravillada ante el destacado valor artístico del conjunto.
Como condiciones, Gras exigió dos únicos requisitos: que el Estado devolviera al Jardín Botánico su autonomía para que nuevamente fuese parte de la universidad, y que se creara un organismo específicamente centrado en la conservación y preservación del conjunto. Estas peticiones se cumplieron con un decreto de Estado y la fundación del Consejo de Preservación y Desarrollo (Copred) convirtiendo a partir de 2002 a la Ciudad Universitaria de Caracas como uno de los únicos cinco campus universitarios en todo el mundo que la Unesco reconoce como Monumento Cultural de la Humanidad.
Síntesis de las artes, logro utópico de la “ciudad ideal”
La formación como arquitecto entre 1922 y 1928 en la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts de París, permitió a Villanueva relacionarse naturalmente con el diseño y el arte desde temprano, lo que le aventajó sobre el resto en cuanto a la facilidad con la que comprendió los conceptos de “ciudad ideal” y “síntesis de las artes”, llegando a desmitificar toda utopía con la consolidación de la Ciudad Universitaria.
Villanueva convirtió los terrenos de la antigua Hacienda Ibarra en un laboratorio de la Modernidad que materializó lo “imposible”, logrando hacer indistinguible dónde termina la arquitectura y dónde comienza el arte. Su diseño dotó de identidad propia y autónoma a cada complejo de la Ciudad Universitaria, logrando que coexistieran de manera integrada por espacios fluidos que parecieran no tener límites. Una red de horizontes infinitos donde las estructuras nunca se perciben totalmente de frente, invitando a ser descubiertas siempre desde el desplazamiento interno, separando la movilidad motora de la peatonal.
En este conjunto, Villanueva integró un total de 108 obras pertenecientes al ingenio de 25 maestros nacionales e internacionales, que fusionaron su arte con la estructura. Artistas de renombre mundial como Alexander Calder, Fernand Léger, Jean Arp, Henri Laurens, Antoine Pevsner, Sophie Taeuber-Arp, o talentos venezolanos como Mateo Manaure, Francisco Narváez, y otros más, transformaron pasillos y plazas en una galería perenne donde las obras dejaron de ser un adorno para formar parte del ADN propio de la edificación.
La Ciudad Universitaria de Caracas, junto al Aula Magna, la Plaza Cubierta, el Conjunto Central, el Hospital Universitario de Caracas y demás piezas que le integran, ha representado un ícono sin precedentes de la arquitectura moderna para Venezuela y América Latina. Desde su proyección, hasta su ejecución, tardó más de dos décadas en hacerse realidad.
En cada uno de los espacios de la Ciudad Universitaria de Caracas, se ve fundamentada la premisa sensorial de Villanueva como denominador armónico del recinto: “La arquitectura es luz; sin luz la arquitectura no existe. Al apagarse la luz, la arquitectura sigue ahí, pero no podemos verla, ni sentirla, ni comprenderla”, lo que describe mejor el juego de luces y sombras que, hasta hoy, se aprecia en todos los pasillos.

Este Patrimonio Cultural de la Humanidad resulta, sin dudas, el pensamiento humano de Carlos Raúl Villanueva hecho estructura, pues trasciende con la síntesis de las artes y logra la utopía de la “ciudad ideal”, para fomentar la interacción social bajo una armonía urbanista única. En este sentido, la Ciudad Universitaria de Caracas se consolida bajo el principal ideal de Villanueva: “La arquitectura es un acto social por excelencia, arte utilitario, como proyección de la vida misma… Para ella, la forma no es lo más importante: su principal misión es resolver hechos humanos”.