Gildre Aquino: “Quiero diseñar espacios universales”

La entrevista a Gildre Aquino, “Quiero diseñar espacios universales”, escrita por Víctor Amaya, forma parte del libro  Nuevo país de la arquitectura de la colección Los Rostros del Futuro de la Biblioteca Digital Banesco. El título está disponible para su descarga gratuita en Banesco.com.
Por: Víctor Amaya
Fotografía: Juan Andrés Requena Alcega, Diego Domínguez, Alejandro Lee, GAC Estudio y Saúl Yuncoxar.

Arquitecta venezolana cuya obra y pensamiento transitan entre el detalle técnico y la emoción del espacio vivido, nace en Valencia en 1988. Criada entre el vértigo urbano y la amplitud del llano, su visión se nutre de ambos mundos. Para ella, la arquitectura no se contempla: se habita, se siente, se transforma. Entre sus obras se encuentra el restaurante Arroceros y en 2012 fue la supervisora de arquitectura de El Recreo de La Castellana, uno de los proyectos en curso más grandes de Caracas, su actual ciudad de residencia. Egresada de la FAU de la UCV, donde ha impartido clases, hoy en día tiene su propio estudio de arquitectura y aspira a trabajar en proyectos a gran escala.

Para Gildre Aquino la arquitectura es un idioma. Al principio imitaba, luego encontró su propia voz. «Primero aprendes el abecedario, luego las palabras, y después te atreves a escribir tu propio libro».

Con más de una década de oficio, la valenciana, que vivió por años en San Fernando de Apure, afirma que la primera aproximación a la arquitectura es muy intuitiva. «Yo digo que todo el mundo nace en arquitectura, y por eso muchos se creen arquitectos –ríe–, pero esto pasa porque es algo natural. Todas las personas estamos todo el tiempo habitando un espacio diseñado por alguien. La arquitectura nos rodea todo el tiempo, la identifiquemos o no».

Ella pertenece a una generación de profesionales que abrazan nuevas sensibilidades. «La arquitectura hoy en día es más propositiva que impositiva. Los arquitectos escuchamos mucho más, entendemos más las dinámicas humanas. Pero también creo que la pandemia nos cambió la manera de habitar los espacios, de definir nuestros estuches de felicidad». 

Aquino disfruta de su gusto por el proceso completo desde su propio estudio. «Me gusta diseñar, pero también me gusta estar en la obra. En mi empresa soy la directora creativa, y busco los requerimientos del cliente para hacer una conceptualización que luego mis arquitectos traducen en una propuesta de planos, que yo luego transformo en números, porque hago gerencia de obra que es muy importante. Tengo claro que la arquitectura sin un sustento financiero no es posible. Por eso hice un diplomado en Gerencia de Proyectos y empecé una maestría en Gerencia de Empresas. Si quieres que un proyecto se haga realidad, tienes que conocer la parte financiera».

Su carrera ha sido un tránsito entre escalas: del plano al detalle, del anteproyecto a la coordinación de grandes obras. Y con los años ha reafirmado que la arquitectura para ella es un modo de vida. «Entro a cualquier lugar y no puedo dejar de mirar la proporción, la altura, la posición de una columna. Después de cinco años analizando espacios todos los días, es imposible apagar esa mirada».

La arquitectura se siente

Esta valenciana de alma apureña, nacida en 1988, vive y respira arquitectura. Su lenguaje, incluso en conversación informal, es técnico. En cualquier frase se cuela la palabra «calados» o la expresión «calidad espacial», y hasta «gárgolas» se confunden con «gríngolas».

No se encasilla en corrientes. Cree en la arquitectura como experiencia: diseñar emociones a través del espacio. Y eso implica, dice, algo que aprendió en 2012 al visitar el Museo Judío de Berlín. Recorrió las salas y se sintió mal, mareada, abrumada. Después entendió que eso era exactamente lo que había buscado el arquitecto Daniel Libeskind. «Ese día comprendí que la arquitectura no solo puede hacerte sentir bien: también puede incomodarte para que entiendas. Eso es la neuroarquitectura, que a mí me llama full la atención. Si tú desde la creación tienes presente que no estás diseñando solamente un espacio con las dimensiones adecuadas, sino que estás generando una experiencia espacial distinta, puedes abordar la arquitectura de una manera diferente».

Experiencia y humanidad, ingredientes clave para Gildre Aquino. Dos de sus obras recientes así lo demuestran. Una casa en Caracas, terminada en 2025, y el restaurante Arroceros comparten su firma, pero también su intención: en ambos se centró en diseñar cómo se siente la luz, cómo se conecta el jardín con el interior, o cómo se traduce el espíritu de la chef en su espacio. «La arquitectura no es una foto para una revista. Es un lugar que se vive. La experiencia espacial genera una tectónica, y en eso me enfoco al diseñar».

Su método creativo combina disciplina y libertad. Primero se aísla: sale a correr, se sienta en un café y deja que las ideas se ordenen. Luego dibuja a mano. «Primero comienzo a rayar, hago un croquis. Después busco referencias para encontrar una imagen que se acerque a lo que tengo en mi cabeza. Luego trato de traducir eso en un audio en el que describo la experiencia que quiero lograr, y mi equipo convierte ese podcast en planos. Trabajo mucho con palabras. La conceptualización comienza desde que verbalizo la experiencia a conseguir». Pero también es sensible a la percepción: «Me encanta la moda, las texturas, los patrones, la iluminación. Todo eso influye mucho en mí cuando trabajo diseño interior. Pero también tengo obsesiones, como las escaleras que para mí son un elemento fundamental».

Y con todo, Gildre siempre vuelve al tema humano, al hombre. Porque la arquitectura es práctica viva y está marcada por el comportamiento. «Yo siempre estoy analizando cómo la gente habita un espacio y cómo tergiversa el habitar, por así decirlo. Es interesante ver, incluso, cómo algo que el arquitecto diseñó para ser usado de una forma la gente termina usándolo de otra».

Llano adentro

Gildre Aquino nació en la Valencia natal de su madre, enfermera de profesión. Sus primeros años transcurrieron en una casa de medianera sin jardín y en un preescolar cuya planta aún puede dibujar de memoria. «Eran pasillos largos, un patio en el centro y las aulas abiertas a los lados. Tenía tres o cuatro años y todavía puedo trazarlo, paso a paso. Es como si me hubiese quedado impreso». Ese recuerdo de la disposición de un edificio no es casualidad: en esa mirada infantil estaba un germen: «Aquel preescolar era demasiado de arquitectura tradicional. En mi mente se veía supergigante».

A mediados de los noventa la historia familiar cambió. Su padre compró una casa en San Fernando de Apure, donde había nacido, y ahora regresaba con su familia de tres hijos. Gildre, la del medio, tenía ocho años cuando dejaron la capital carabobeña. En el llano encontró otra escala del mundo: una casa rodeada de verde, jardín adelante y atrás, y la libertad de salir en bicicleta sin pedir permiso. «Me sigue pegando vivir en un apartamento», dice ahora, residenciada en Caracas, al recordar aquellos espacios.

«En Apure había libertad», recuerda. «No había tanta preocupación por la inseguridad, ni rejas, ni miedo. En Valencia eso era imposible. Yo creo que las ciudades grandes tienen menos conectividad por las distancias y su infraestructura. En San Fernando todo estaba cerca y se llegaba caminando. Ese contraste me marcó. Allá aprendí a no tener miedo a estar sola».

Atrás quedaron las grandes avenidas, el sinfín de edificios, las distancias enormes de Valencia, el amplísimo parque Peñalver. Ahora Gildre vivía en San Fernando, donde se hizo normal montar a caballo, hacer queso y ordeñar vacas. Y donde la vida simple estimula la creatividad. «Lo rural me enseñó a resolver. Si se dañaba la bicicleta, había que arreglarla con lo que se tuviera a mano. Esa es la mentalidad».

En casa la crianza fue con amor, pero también disciplina. «No puedes ser una del montón», le insistía papá. «Si no lo vas a hacer con amor, no lo hagas», enseñaba mamá.

San Fernando de Apure era «un pueblo grande» y la adolescencia de Gildre transcurrió entre amigas inseparables, bicicletas, pijamadas, conciertos de música llanera y bailes. «Éramos las morochitas. Íbamos juntas a todas partes. Había fiestas, amaneceres con arpa y cuatro, joropos, tamunangue. La cultura llanera es eso: comunidad y música».

Gildre creció en un ambiente femenino, «y eso me empoderó». Su madre y sus tías la criaron mientras su padre trabajaba y viajaba entre ciudades. Así aprendió a valerse sola: «Mi mamá dice que desde chiquita no dejaba que me ayudaran con nada. Hacía las tareas sola, organizaba todo. Era independiente. Siempre fui la líder de mis hermanos, aunque no soy la mayor. Pero siempre me han dicho que he sido la más madura, la que opinaba, la que daba consejos. Ahora, confieso que yo no me veo a mí misma tan madura como todo el mundo dice que me ve, yo me veo normal».

El trabajo de papá era la construcción. Ingeniero civil, operaba entre obras y oficinas inmobiliarias, aquellas donde Gildre comenzó a adentrarse poco a poco cuando lo acompañaba. «Yo veía las maquetas y los planos, y me gustaba ver cómo después se hacían realidad. Lo de ir a las obras me gustaba menos. Ahora todo eso me encanta porque una maqueta puede ser muy linda, pero sin la obra no hay realidad».

En casa se mezclaban la cultura del esfuerzo y la curiosidad. Su padre le enseñó la importancia de la responsabilidad y la honestidad. «Era incapaz de hacer algo mal, hasta en los presupuestos. Y esa forma de actuar se me quedó grabada». Su madre le inculcó la entrega al trabajo. «Mi mamá siempre estaba pendiente de sus pacientes, completamente entregada. Eso es para mí lo esencial de la medicina, el querer ayudar al otro».

Mamá y papá conservaban una biblioteca extensa, a la que Gildre acudía sin cesar. Tenía sed de conocimiento, de aclarar dudas, de encontrar historia, de construir referentes. «Era como mi Google. Me habían comprado un montón de enciclopedias y yo me sentaba a leer».

En su adolescencia, destacaba en Biología y Química sin mucho esfuerzo, pero había una asignatura que le calzaba de manera casi innata. «Dibujo Técnico para mí era un paseo. Me resultaba natural». Pero vaya problema cuando las ciencias eran de las mejores evaluadas, y el círculo de amigas más íntimas se decanta por estudiar Medicina. «Sí me gustaba, pero no estaba del todo segura de querer irme por esa vía, porque eso es un estilo de vida. Yo recuerdo que mi mamá hacía guardias de 24 y de 48 horas y eso no me llamaba la atención».

En su colegio un día hubo un taller vocacional. «Le dije a un profesor que necesitaba ayuda para decidir entre dos opciones que, para mí, eran totalmente distintas. Y él muy sabiamente me dijo algo que he comprobado con los años: “Ambas se parecen”. Yo lo que pensé era que se había vuelto loco, porque una era hacer edificios y la otra era curar gente. Pero al final me dijo algo que me hizo clic, que ambas profesiones buscan entender bien al ser humano para ofrecerle calidad de vida y bienestar, una a través del cuerpo y la otra a través del espacio».

Cuando llegó la prueba nacional de admisión, dos casillas aparentemente dispares fueron rellenadas: Arquitectura y Medicina. Cualquier discusión al respecto fue silenciada cuando una mañana sonó el teléfono de la casa en Apure. La llamada era de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela: Gildre Aquino ha sido asignada a cursar su carrera aquí, y debe estar en Caracas en dos semanas. «Imagínate, tenía diecisiete años y me iba a mudar sola de San Fernando de Apure a Caracas, donde yo no tenía familia ni nada». Era 2005. 

Un nuevo horizonte

Para Gildre, mudarse a Caracas fue un salto al vacío. Su primer día en la capital del país fue un choque. «Todo olía mal, había mucho tráfico, lo de los motorizados era un desastre. Yo me preguntaba qué hacía aquí, cómo no perderme. Era un caos. Pero también era fascinante: sentí que la ciudad tenía un pulso que se parecía al mío. Soy acelerada, y Caracas tiene ese ritmo. Yo sufro de exceso de energía. Entonces esta ciudad la empecé a ver como para mí».

La Universidad Central la hizo sentirse bienvenida. La síntesis de las artes, las infraestructuras y el justo alcance de jardines fueron la clave, además de la ubicación. Quizá especialmente la ubicación. Porque cuando se imaginó en la Universidad Simón Bolívar le pareció que estaba muy retirada, que era muy verde, que le faltaba el toque urbano.

En la UCV, por tanto, encontró un lugar que parecía diseñado para ella. «Me enamoré, quedé totalmente encantada porque yo decía “si voy a estudiar Arquitectura, necesito hacerlo en un lugar donde haya arquitectura, donde puedas verla, donde puedas vivirla”. Creo que influyó mucho que yo venía de donde no hay nada sino el horizonte. Lo ves en la sabana y en el mar, pero no en las ciudades, donde lo que hay es el skyline».

Cuando Carlos Raúl Villanueva diseñó la Ciudad Universitaria de Caracas entregó una obra de arte, y quizá es el edificio de la Facultad de Arquitectura uno de los que mejor concentra todas las intenciones de aquel genio. «A mí me atrapó que todos los pasillos se conectan y todo te conduce a la FAU. Allí está al entrar esa primera planta donde todo está abierto, todo se comunica. Yo lo sentía como algo muy bonito que siempre me recibía. Mi lugar favorito era la biblioteca».

Gildre llegó allí para nunca irse, convirtiendo aquella estructura en su hogar. Cada semana la vivía intensamente en sus espacios, todo el día, todos los días, pensando, diseñando, dibujando, estudiando. «Me podía quedar hasta tarde trabajando. Me sentía parte de ese mundo».

Curiosamente, cuando comenzó su vida ucevista ni sabía quién era Villanueva. Aquel nombre no le decía nada, al principio, pero su creación sí. «Solamente ver el concreto en obra limpia para mí era impactante. Luego detallar los calados, los colores, los mosaicos, los pasillos, las obras de arte. Pero también haber entendido que allí convergen tantas cosas, como si fuese un pequeño país porque hay gente de todas partes».

Aquino rápidamente hizo su red. «La gran mayoría no eran de Caracas sino de Margarita, de Cumaná, de muchos lugares, y así empiezas a ver la diversidad real de Venezuela. Eso también me impactó mucho, porque yo venía de un pueblo donde conoces a todo el mundo y todos somos de ahí mismo. En cambio, yo veía gente ahora de todas partes, pero no solo por lo geográfico, también por cómo hablaban, cómo se vestían. Era diversidad en todos los sentidos. En la UCV el mundo se hace más grande».

Aún recuerda cuál fue su primera asignación: dimensionar una habitación, «y todas eran diferentes porque algunas tenían que ser con ventanas circulares, otra tenía formas triangulares. Es decir, a partir de esos elementos uno construye una composición. Entonces así empiezas a entender el principio de la espacialidad, cómo y qué mirar. Descifrar el espacio que estoy habitando y cómo lo puedo transformar».

Más adelante tomó una cámara, sin vuelta atrás. «En una asignatura de historia nos pidieron hacer fotografías de una escuela moderna. Luego las mostré y la profesora me dijo “tienes ojo para esto”. Seguí tomando fotos para mí, hasta que salió una que al día de hoy sigue siendo mi favorita». Desde la ventana de su residencia veía el edificio de la Facultad de Arquitectura UCV, y con su camarita de novata captó el edificio una tarde. «Es como un claroscuro, y se ve la autopista con movimiento. Es burda de bonita y es mi foto favorita. Fue una de las primeras que hice de la Facultad desde esa ventana».

No fue la única. Es un encuadre que tiene fijado en su memoria. Porque aquel edificio reflejaba colores y tonos de luz que cambiaban con las horas. «El muro calado se ve precioso con sus mosaicos azules y amarillos, que van cambiando dependiendo del 127 GILDRE AQUINO piso. Para mí era tener una perspectiva completa de que yo formaba parte de eso, y la veía desde mi ventana con el Ávila al fondo. Eso no se me va a olvidar nunca. Esa es mi postal de recordatorio de cómo vivía un sueño».

Era lo primero que Gildre veía al despertar y antes de irse a dormir. «Yo en la noche veía que en el piso cinco tenían las luces prendidas y ya sabía que había gente haciendo entregas. Porque yo siempre estaba pendiente de lo que pasaba en la Facultad. Me gustaba estar allí incluso cuando no tenía clase ni nada. Porque al final la arquitectura se complementa con quien la habita. No existe la arquitectura sin gente».

El arte que se habita

El camino profesional de Gildre Aquino la llevó a comprender cómo se pasa de una idea a un anteproyecto, como lo vio en el primer estudio de arquitectura donde se enroló. Más adelante, en otro, se adentró en el detalle: puertas, ventanas, carpintería, acabados. «Uno sale de la universidad soñando con edificios grandes, pero la arquitectura está en los detalles, y por allí siempre es que uno comienza la vida laboral».

Esas dos oficinas fueron fundamentales para entender cómo se desarrolla la vida de un proyecto arquitectónico, «que no es solo poner un render ahí, sino muchas etapas». Entonces sintió que ya sabía hacer proyectos, «y cuando siento que no hay retos para mí en algo necesito buscar otra cosa. Por casualidad me dicen que estaban buscando arquitecto supervisor para una obra».

Así fue como, en el año 2012, entró como supervisora de arquitectura en las obras de El Recreo de La Castellana, uno de los proyectos más grandes de Caracas: 100.000 metros cuadrados de construcción, que siguen esperando culminación. Allí aprendió todo lo que la universidad no enseña: cómo dialogar con obreros, ingenieros y gerentes de proyecto, cómo tomar decisiones a pie de obra, cómo sostener la visión del diseño en medio del caos de la construcción. «Fue como una maestría».

En paralelo, con su amiga Mariana Yáñez, comenzó a hacer remodelaciones y casas. Una casa en Los Palos Grandes, en Caracas, fue su primer contacto directo con un cliente propio, siendo una muchachita. «Uno tiene la soberbia del recién graduado, pero siempre es el cliente el que tiene que llegar a la conclusión. Por eso yo pensaba que necesitaba canas a los 22 años para que me hicieran caso», cuenta entre risas. Aprendió que la relación arquitecto-cliente se construye con paciencia, pedagogía y confianza. Descubrió que muchas veces el cliente solo entiende cuando ve las propuestas en escala real, que hay que explicar cada paso, y que el arquitecto traduce los sueños de otro en espacios concretos. 

«A los arquitectos los asocian con artistas, pero en realidad uno es una herramienta. La arquitectura puede ser arte porque tiene un creador, pero para mí el arte es contemplativo, y la arquitectura se habita. Entonces, creo que incorpora lo artístico, pero necesita lo funcional. Es como la cocina: pueden estar los ingredientes, pero el arquitecto es el chef que encuentra la receta adecuada que permita, además, que el cliente le imprima su alma a la obra, porque es quien va a vivir ahí».

Conquistar la altura

Entre las aspiraciones de Gildre Aquino están los grandes proyectos: rascacielos, ciudades verticales. «Esas cosas a gran escala siempre me han llamado la atención por la complejidad, no solo estructural, sino de vivir en un mundo en vertical. Ahí entra mi lado más futurista, porque siempre he creído en la densidad vertical. La altura evitaría muchos problemas que trae extenderse en el territorio. Me interesan los proyectos a gran escala, y quiero diseñar espacios que sean universales, que puedan ser habitados por cualquiera». La diversidad de escalas no le asusta, por eso imagina la oportunidad de crear grandes teatros o un campus universitario completo, espacios donde la vena artística de la arquitectura se muestra más abierta.

También aspira algún día a construir un gran teatro. Pero un proyecto específico es el que califica como un sueño: diseñar un museo para Caracas. «Esta ciudad es compleja y hermosa. Yo no soy caraqueña, pero Caracas me atrapó. Aprendí a amarla al estudiar Arquitectura y aquí no hay un museo donde se explique la ciudad, su evolución, su forma de vivir. Me encantaría hacer un espacio que cuente su historia y ayude a amarla. Puede servir para entender Caracas, pero también para proyectar cómo será a futuro. Es poder mostrar por qué somos como somos».

Hoy en día da clases en la Facultad que la formó, y transmite la experiencia que ha acumulado: «Me mueve mucho poder dejar algo en la sociedad. A veces me pregunto qué tanta arquitectura en verdad podemos hacer en el país por estos días. Pero lo que sí podemos hacer es educar para sembrar para el futuro».

En el aula, Gildre transmite lo que ha aprendido porque ha pasado por toda la escalera. «He sido la persona que hace un levantamiento de un terreno, que hace un modelado, que renderiza, que trabaja para otro arquitecto y lo traduce, etc. Lo que más me gusta es crear un proyecto e involucrarme en la construcción».

Esta llanera de agenda precisa, workaholic confesa, busca que su día a día se equilibre entre lo laboral y lo personal. Hasta ahora lo primero se ha impuesto. «No he tenido hijos, pero eso me ha dado la libertad para lograr lo que he logrado con mi estudio. Tener familia es algo latente, y llegará cuando la arquitectura le dé espacio».

Como toda venezolana de su generación, también pensó en irse del país. «Yo me quedé por arraigo al país, a cómo es nuestra gente, a sentirme en casa. Me gusta viajar, tomar distancia, hasta que extraño a Venezuela. Además, yo siempre he creído que aquí hay mucho por hacer, con infinitas posibilidades de mejorar la ciudad. Somos un lienzo en blanco con la posibilidad de crear ciudades para la gente. Siento que aquí puedo aportar mucho más que en otras partes. Además, quería tener la empresa que yo me imaginé».

«Siempre fui la que opinaba, la que organizaba. Mis jefes me ascendían porque yo decía las cosas de frente. Y un día entendí que podía hacerlo por mi cuenta». Así nació su estudio, que hoy tiene un equipo de siete personas. «Soy la voz, pero detrás hay músicos. No hay arquitectura sin equipo».

Su estudio funciona casi como un taller remoto. «La pandemia nos enseñó a trabajar de manera distribuida. Lo importante es la metodología, cómo se organiza la información, para poder manejar muchos proyectos a la vez». Para que pueda mantenerse exitoso, hace falta que la planificación sea precisa, como lo es en el carácter de Gildre. «Tengo mis días organizados, pero también dejo espacio para los imprevistos. Así me enseñó el llano».

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